lunes, 10 de octubre de 2022

La casa: ¡olor a café!

 
La casa: ¡olor a café! 
 
Me desperté, anoté un sueño, y bajé a prepararme un café (un café con leche intenso, cremoso, sabroso).
 
Subía por las escaleras un fuerte olor a café. “La casa: ¡olor a café!”, sonó en mi mente.
 
Tal vez la sensación que tuve, estando todavía un poco “del otro lado”, fue la de que el olor a café, el aroma del café (que flotaba en la casa y subía por las escaleras) era un aroma que tenía algo “del otro lado” también.
 
Un aroma del mundo de la vigilia y también un aroma del mundo de los sueños.
 
Y la sensación que tuve (la vivencia) fue no la de que en la casa había un fuerte olor a café sino la de que la casa “era” olor a café. (No algo agregado sino algo intrínseco.)
 
Los recuerdos (las vivencias) que nos acompañan (y nos acompañarán, tal vez) no son los pensamientos abstractos sino, al parecer, las imágenes (visuales, auditivas, olfativas…). 
 
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La casa: ¡olor a café! 
 
La casa: ¡olor a café!,
el café de la mañana,
un aroma misterioso
venido de no sé dónde,
tal vez de mundos distantes,
tal vez de tierras lejanas.
 
Un aroma misterioso
sube por las escaleras
y se mete aquí en mi cama,
y se mete aquí en mi pieza.
 
La casa: ¡olor a café!,
el olor que me acompaña
en ese tránsito lento
desde el mundo de los sueños
al mundo de la vigilia,
la vigilia cotidiana.
 
Un aroma de este mundo
pero también de otro mundo,
ese mundo de los sueños
donde a menudo me hundo.
 
La casa: ¡olor a café!,
un aroma que me envuelve,
entra al mundo de mis sueños
y después, muy de a poquito,
me acompaña de regreso,
flotando conmigo vuelve. 
 
El viejo Now




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