Trato, trato y me retrato
(una, y otra y otra vez)
Trato, trato y me
retrato
con birome y
marcador
—marcador fino y
grueso—,
sentadito en mi
balcón.
Es algo casi
obsesivo
—¿qué sé yo?,
repetitivo—
el tema de registrar
mi aspecto más
"objetivo".
Pruebo, y pruebo, y
pruebo y pruebo,
una, y otra y otra
vez,
este asunto de
captar
la imagen de mi
vejez.
Yo me quito los
anteojos,
¡ah, para verme
peor!, (*)
digo, como
borroneado,
—¿qué sé yo?, desdibujado—
y dejarles mano
libre
a birome y marcador.
Esas rayas de la
vida,
las marcas de la
vejez,
golpeando con trazos
duros,
macheteándola a mi
tez.
Cabellos
descabellados,
las arrugas de mi
frente
y atrás de todo, el
follaje
—las manchas de luz
y sombra—
de los fresnos de
aquí enfrente.
Sentarme aquí en mi
balcón
frente a mi propio
reflejo
me lleva un rato a
otro mundo,
como a otra
dimensión,
por donde ando de
paseo.
Douglas Wright
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(*) "¡Ah, para
verte mejor!" era la cosa con el lobo de Caperucita.
Aquí la cosa es
"para verme peor", con los contornos borrosos (como en un cuadro
Impresionista).
Cuando era joven (y
tenía muy buena vista) solía entornar los ojos (y nublar la mirada a propósito)
para ver mi entorno como si fuera una pintura Impresionista.