viernes, 11 de noviembre de 2022

Turismo del alma

 
Turismo del alma 
 
Turismo de mente,
turismo del alma,
me quedo en mi casa
—me quedo en mi cama—
y viajo hasta Salta.
 
Ando por los cerros
y por las quebradas
—mi alma en subida,
mi alma en bajada.
 
Turismo del alma,
turismo de mente,
un viaje distinto
—como en otro plano—,
uno diferente.
 
Un viaje por cerros
libres de alambradas
—de postes, de torres,
carteles y marcas.
 
Turismo de mente,
turismo del alma
—y desde mi casa
mi mente despega
y hasta Salta vuela,
y hasta Salta salta. 
 
El viejo Now



 
Geografías mentales
 
A veces, éstas incluyen el Walden de Thoreau, otras, el Arlés de van Gogh o el Hudson de Whitman. (Y la Castilla de Machado, la Salta de Dávalos o de Manuel Castilla, o los pueblitos de Córdoba de mis vacaciones infantiles, según la necesidad, según las ganas de mi mente, de mi alma.)
 
 Planos visuales
 
Hay en este dibujo varios planos visuales (en mi sistema de perspectiva de planos superpuestos —como bastidores, digamos).
 
En uno está el balcón del viejo Now.
 
En otro, su entorno (los tejados, los fresnos, ¡el álamo gigante!).
 
Más allá, los cerros de Salta (Jujuy y demás) y sus quebradas.
 
Y más allá (al fondo de todo, casi) la Cordillera (¿Shangri-La?).
 
Atrás de todo, claro, el cielo (esa Nada en la que Todo es, ese Fondo sin el que no puede haber Figuras…).
 
Distintos Planos Visuales con los que mi “cabecita” de dibujante puede entender-interpretar los distintos (y múltiples) Planos de la Realidad, de la Existencia, digamos.

Douglas Wright
 
 

Aquí nomás está el monte

 


Aquí nomás está el monte 
 
Aquí nomás está el monte,
del otro lado está el lago
—allí me espera Thoreau
en su cabaña de palo.
 
Aquí nomás está el monte,
justo al lado del frontón
—aquí, con mis dos raquetas
lo ando esperando a Thoreau.
 
Una mezcla imaginaria
de tenis y poesía
repiquetea en mi alma
y en la cabecita mía.
 
Un mundo tras otro mundo,
un mundo de cada lado;
de un lado, un frontón de tenis,
del otro lado está Walden,
la cabaña de Thoreau,
del otro lado está el lago. 
 
Douglas Wright








lunes, 7 de noviembre de 2022

En mi techo de madera

 


En mi techo de madera 
 
En mi techo de madera
revolotean las sombras
—juguetean con los nudos,
con las juntas de las tablas.
 
En mi techo de madera
—en mi techo de tablones—
revolotea algún sueño,
anda algún sueño de anoche.
 
En mi techo de madera
andan mis sueños de antes,
andan mis sueños de ahora
—viajando en un tren de sueños
sobre dormidos durmientes,
volando en cielos de sueños
entre despiertos tirantes. 
 
El viejo Now



domingo, 6 de noviembre de 2022

Musiquita de la vida

 
Musiquita de la vida 
 
Musiquita hecha de brisa,
musiquita hecha de hojas,
musiquita de los árboles
que van cantando sus coplas.
 
Musiquita hecha de hojas,
musiquita hecha de brisa,
musiquita de la vida
que va cantando sin pausa,
que va cantando sin prisa. 
 
Douglas Wright




Brisa sin prisa, alas al viento…

 
Brisa sin prisa, alas al viento… 
 
Brisa sin prisa en los fresnos,
alas al viento en el álamo,
el aire de la mañana
suspira bostezos frescos,
suspira bostezos nuevos.
 
El álamo de aquí enfrente,
ese árbol monumental,
parece desplegar alas,
parece querer volar.
 
Los fresnos agitan hojas
como el batido de alas,
se hace viento, se hace brisa
el aire de la mañana.
 
Alas al viento en el álamo,
brisa sin prisa en los fresnos,
el aire de la mañana
—cosquilleante, refrescante—
suspira bostezos nuevos. 
 
El viejo Now




sábado, 5 de noviembre de 2022

La brisa de la mañana - (¡como la primera vez!)

 

La brisa de la mañana
(¡como la primera vez!) 
 
La brisa de la mañana
—que circula por la calle,
que atraviesa mi balcón—
revolotea en mi pecho
haciéndome cosquillitas
cerquita del corazón.
 
La brisa de la mañana,
que atraviesa mi balcón,
me cosquillea la piel
—desde el fondo de los tiempos,
desde un remoto pasado,
desde una infancia remota:
¡como la primera vez! 
 
Douglas Wright


jueves, 3 de noviembre de 2022

Valsecito triste


Valsecito triste
 
Hacía mucho que no escuchaba tangos.
 
Me refiero a sentarme (recostarme, en mi caso) y escuchar un disco de tango, entero, de punta a punta, sin hacer más que eso.
 
Se me dio, los otros días, cuando apareció en YouTube el archivo de un disco que yo solía escuchar, para arriba y para abajo (una y otra vez) cuando me “atacó” el tango.
 
Yo tendría unos 28 años, más o menos, y después de los Beatles, Charlie Parker y el folclore, me “pegó fuerte” el tango.
 
Se me vinieron en tropel los recuerdos (“la tropilla de la zurda”, diría algún tanguero).
 
Entonces surgió este apuntecito (letra, música y dibujo) de “Valsecito triste” .
 
Un esbozo que quise dejar así nomás. 
 
Douglas Wright. 
 
 

martes, 18 de octubre de 2022

Tenis interplanetario

 

Tenis interplanetario

Ron enderezó el entramado de cuerdas formado por treinta y cuatro haces de luz azul-violácea fosforescente que cruzaba el aro de su raqueta de aleación de acrílico. Guardó la llavecita de sección cuadrada, de un metal blanco y opaco, que había usado para realizar la delicada operación. El encordado sufría pequeños desplazamientos cada vez que utilizaba mucho movimiento rotatorio en la ejecución de los golpes; su preferido era el revés con slice, que le permitía un tiro profundo que rebotaba en los planetas más alejados de la cancha.
 
Se preparó para recibir el servicio de su rival, a quien podía ver por el monitor del casco espacial (no todas las atmósferas de los planetas que conformaban la cancha eran respirables para su especie). Iba perdiendo dos juegos a uno en el tercer, y definitivo set. Era un partido difícil. Sentía, además, la presión que ejercía sobre él la responsabilidad de estar representando a su sistema.
 
Los catorce dedos de la mano del brazo derecho-derecho (tenía dos de cada lado del cuerpo y uno en la espalda que sólo usaba para graduar las perillas de los tanques de nitrógeno, que era lo que respiraba) aferraban la empuñadura, forrada con un fino entramado de algas grises, de la raqueta. Las seis piernas levemente flexionadas hacían que su cuerpo (si se le podía llamar así a esa maraña de pelos verdes) oscilara en un suave vaivén, manteniéndolo en un estado de tensión.
 
Stephan, que así se llamaba su rival, hizo rebotar la pequeña pelota amarilla y afelpada, cruzada por una cicatriz en forma de símbolo de Yin y Yang, tres veces contra el suelo arcilloso. Esta acción, que comenzó siendo el hábito neurótico de algunos jugadores brillantes, se había convertido en parte del juego: debía llevarse a cabo o el servicio era anulado.
 
Stephan tenía un servicio poderoso, Ron lo sabía, y era difícil prever a cuál de los seis planetas que conformaban el sector de recepción de su lado de la cancha lo enviaría. Ron sabía que Stephan los prefería abiertos, con mucho efecto, sobre el planeta del extremo derecho, en el límite del sector. El efecto hacía que la pelota rebotara hacia afuera de la cancha, a una zona inhóspita del espacio, desde donde era casi imposible devolverla.
 
Pero no fue así. Por fortuna para Ron, Stephan forzó demasiado el primer servicio, que quedó colgado de la red (un cordón gaseoso que cruzaba el espacio y dividía la cancha en dos). Un chico azul, en una pequeña y veloz nave unipersonal, retiró rápidamente la pelota. Sólo podía haber una en el campo de juego: las reglas lo indicaban así.
 
Esto era bueno para Ron ya que el segundo servicio de Stephan no podría ser tan poderoso, ni tan arriesgado. De todos modos las manos de Ron transpiraban un líquido amarillo que hacía que la empuñadura de la raqueta perdiera firmeza. Lo peor era la espera.
 
Stephan dio media vuelta hacia atrás y miró a las dos jóvenes que le ofrecían, desde los planetas de las esquinas de la cancha, una pelota para el próximo servicio. Con un gesto mínimo de la cabeza señaló a la muchacha de la derecha, que enseguida le lanzó la pelota que tenía preparada en la mano de un único brazo, largo y poderoso, ubicado en medio de una maraña de alas multicolores. La pelota dibujó una curva suave y rebotó justo delante de Stephan, que la atrapó con un gesto automático.
 
Stephan la sostuvo en la palma de la mano izquierda, a la altura de los ojos. La superficie espejada de la visera impedía ver cuántos tenía, aunque tratándose un jugador profesional de primer nivel, como lo era él, presumiblemente más de cinco. Parado de ese modo, con la pelota en una mano y la otra apoyada en la cintura sosteniendo la raqueta como si fuera una espada envainada, parecía un actor recitándole una exótica versión del monólogo de Hamlet a una saludable calavera con aspecto de Pac-man tridimensional.
 
En la parte superior del casco se abrió una tapa de la que surgió un extraño artefacto, lleno de lentes intercambiables de distintos tamaños y colores, que parecía un microscopio antiguo. Un brazo extensible articulado llevó el aparato hacia adelante y lo hizo descender hasta que un extremo quedó a la altura de los ojos de Stephan. Éste acercó la pelota con cuidado al otro extremo y observó detenidamente.
 
Los distintos cristales le permitían ver el interior de la pelota, conocer la presión con exactitud, analizar la fibra de felpa que la recubría en busca de imperfecciones, saber el peso exacto y hasta tener una evaluación caracterológica, ya que era bien sabido que existían pelotas ganadoras, perdedoras y neutras por naturaleza.
 
Finalmente, un dispositivo especial, ubicado en la parte inferior de la visera de su casco, le permitió a Stephan extraer dos lenguas verdes y brillantes, como los tentáculos de una medusa, que palparon delicadamente la superficie de la pelota. Para algunos jugadores, este tipo de comprobación intuitiva era más importante que el dictamen del equipo más sofisticado. Ellos, como los actores y los caudillos, se regían por extrañas cábalas personales a las que atribuían una importancia superlativa.
 
El análisis exhaustivo de la pelota reveló algo que a Stephan le pareció inaceptable porque la devolvió con un gesto de desagrado, como si fuera un plato de comida en mal estado. Enseguida pidió otra, esta vez a la joven de la izquierda. La nueva pelota fue inmediatamente aprobada. Este procedimiento de selección podía extenderse indefinidamente, interrumpiendo el ritmo del juego, y era el recurso utilizado por algunos jugadores para alargar innecesariamente partidos que estaban perdidos. Por eso la aprobación de la nueva pelota fue recibida por los espectadores con una cerrada ovación que hizo temblar a las galaxias próximas al estadio.
 
Stephan tomó nuevamente su posición en la cancha. Se perfiló sobre la línea del fondo teniendo el cuidado de no pisarla. Miró a Ron por el monitor de su casco rojo. Sacudió varias veces el hombro para despegar la manga del traje espacial de su piel transpirada. Hizo rebotar la pequeña pelota afelpada, de amarillo Yin y Yang, tres veces, reglamentariamente, sobre la superficie rojiza. Y se dispuso a ejecutar el segundo servicio.
 
El brazo izquierdo de Stephan se elevó en el aire, los siete dedos de la mano se abrieron como los pétalos de una extraña flor, y la pelota salió flotando hacia arriba grácilmente, como una mariposa gorda y amarilla que acababa de libar. El brazo derecho (él tenía sólo tres, contando el de la espalda que, como Ron, también usaba para ajustar los tubos de respiración —butano en su caso) se extendió hacia atrás en un arco abierto. En la mano derecha pendulaba la raqueta. Ésta comenzó a subir y, en el momento en que la pelota llegaba al punto más alto de su trayectoria y parecía flotar por un instante inmóvil en el aire, la golpeó violentamente, haciendo vibrar las luces celestes del encordado, que se confundieron en un llamativo borroneo vibratorio.
 
La pelota salió despedida a una velocidad increíble. Al mismo tiempo, Ron pegó un salto en dirección a los planetas del centro. Se perfiló, adelantó el hombro derecho-derecho, y llevó hacia arriba y hacia atrás la cabeza de la raqueta. Debía responder con un golpe de revés (su golpe preferido), ya que la pelota había rebotado sobre el planeta del límite izquierdo del sector de recepción. Pero no lo logró.
 
El tiro venía demasiado rápido y la pelota golpeó contra la parte superior del marco de la raqueta, saliendo disparada hacia arriba (arriba, claro está, es sólo un modo relativo de indicar la dirección que tomó la pelota). La pelota no sólo salió del espacio físico de la cancha, sino también del tiempo en el que estaban jugando el partido. Ya no volvería. Algún espectador, seguramente de otro sistema y probablemente de un tiempo futuro (la experiencia indicaba que la mayoría de las pelotas que salían disparadas hacia arriba aparecían en el futuro), la conservaría como recuerdo.
 
Una voz profunda, que en los planetas primitivos creían La voz de Dios, vibró sobre el estadio y las galaxias circundantes y, aguda y distorsionada por la estática, en los auriculares de los cascos de Ron y de Stephan.
 
—Quince a cero —dijo.
 
Ahora Ron debía recibir el servicio en el sector izquierdo. Se encaminó hacia ese lado de la cancha dando pequeños saltos para aflojar la tensión; relajó los músculos del cuello mediante un movimiento de rotación de los hombros (un gesto característico de los oficinistas estresados); y trató de recomponer el ánimo y sobreponerse a la frustración, dándose enérgicas palabras de aliento en su lengua nativa. Era difícil concentrarse mientras el público del universo continuaba ovacionando el ace de su rival en una infinita variedad de idiomas que él desconocía.
 
Fue un partido largo. Ron y sus descendientes (su hijo y su nieta, para ser precisos) opusieron una tenaz resistencia a los embates de Stephan y los suyos (dos hijos —uno se luxó un tobillo y debió cederle el puesto a otro— y un nieto). Finalmente, y como todo lo hacía prever, el equipo de Stephan resultó vencedor.
 
De todos modos, fue realmente emotiva la ceremonia en la que, primero el perdedor y los suyos, y luego el ganador, agradecieron a los organizadores del torneo y a sus respectivos patrocinadores: el de Ron era un conocido laboratorio que revitalizaba los fluidos de los deportistas mediante un proceso de licuado; el de Stephan, una empresa que había logrado adecuar las palomitas de maíz a los gustos de las especies de todos los sistemas y de todos los tiempos ¡en un único sabor universal!, y distribuirlas mediante un eficaz sistema de delivery a la hora del partido. Por último, ambos bandos elogiaron el espíritu deportivo y la caballerosidad de sus rivales, saludaron a sus familiares y entrenadores —orgánicos y artificiales—, y manifestaron el firme deseo de volver, en la siguiente emisión del evento, para dar su mejor esfuerzo ante un público tan maravilloso. 
 
Douglas Wright
 

lunes, 17 de octubre de 2022

Un labrador de raquetas

 
Un labrador de raquetas 
 
Un labrador de raquetas,
cultivador de pelotas,
tejedor de redes nuevas,
remendador de las rotas.
 
Matemático rarísimo,
“quince-treinta, treinta-iguales”
—se ve que no había tenis
en la Grecia del tal Tales.
 
Labrador de campos-canchas
con surcos hechos de flejes,
cultivador de voleas,
de derechas y reveses.
 
Un labrador de raquetas,
cultivador de pelotas
amarillas, afelpadas
—de esas que andan en mi alma,
que por mi alma rebotan. 
 
El Jardinero Mágico




domingo, 16 de octubre de 2022

Un frontón de soledad

 

 
 
Aquella época de mi vida —de mis 10 a mis 12 años, en Tucumán— fue también una de soledad.
 
Venía de Santa Fe, adonde habían quedado todos mis amiguitos.
 
Cursé 4to Grado en una escuela, y 5to en otra, así que no llegué a hacerme de nuevos amigos en Tucumán.
 
El frontón al que iba a practicar con mi raquetita era un lugar alejado, solitario —un poco el reflejo, supongo, de mi soledad interior, esa que me ha acompañado toda mi vida.
 
El frontón de Amambay, en el Parque Sarmiento, me reencontró con aquél frontón de mi niñez —y con aquella soledad.
 
  
Un frontón de soledad 
 
Tenis, raqueta y pelota,
y el frontón de mi niñez,
están conmigo, a mi lado,
están conmigo, otra vez.
 
Tenis, raqueta y pelota,
y un frontón de soledad,
me vuelven a aquellos tiempos,
me vuelven a aquella edad. 
 
Douglas Wright




El Cielo es una pelota

 


El Cielo es una pelota 
 
El Cielo es una pelota,
una pelota amarilla
—una gran cancha de tenis,
una que no tiene límites,
una que no tiene orillas.
 
Con pelotas siempre nuevas,
con raquetas de repuesto,
con encordados flamantes,
con bebidas y refrescos.
 
Una cancha interminable
—como una cancha infinita—
hecha de felpa amarilla,
hecha de felpa pareja,
hecha de felpa cortita.
 
Donde nadie es ganador,
donde nadie es perdedor,
¡y el que juega con más ganas
es el mejor jugador!
 
El Cielo es una pelota,
como una pelota-cancha
—una pelota-planeta
que flota entre las estrellas,
que flota entre las galaxias. 
 
Douglas Wright



sábado, 15 de octubre de 2022

Derrotado, una y otra y otra vez

 
Derrotado, una y otra y otra vez 
 
Derrotado, una y otra
y otra vez, por el frontón,
me retiro victorioso
por haberlo yo intentado
—sin el menor desencanto 
digo, sin desilusión.
 
Una y otra y otra y otra
y otra vez soy derrotado
por el frontón imbatible
—ese rival de cemento,
ese rival compañero,
siempre ahí, del otro lado.
 
El frontón es imbatible,
el mejor devolvedor,
pero yo soy incansable
en mi afán incontenible
—qué digo, inconmensurable—
de ser mejor jugador. 
 
Douglas Wright