sábado, 15 de octubre de 2022

Derrotado, una y otra y otra vez

 
Derrotado, una y otra y otra vez 
 
Derrotado, una y otra
y otra vez, por el frontón,
me retiro victorioso
por haberlo yo intentado
—sin el menor desencanto 
digo, sin desilusión.
 
Una y otra y otra y otra
y otra vez soy derrotado
por el frontón imbatible
—ese rival de cemento,
ese rival compañero,
siempre ahí, del otro lado.
 
El frontón es imbatible,
el mejor devolvedor,
pero yo soy incansable
en mi afán incontenible
—qué digo, inconmensurable—
de ser mejor jugador. 
 
Douglas Wright




Yo tengo mi Wimbledón

 
Yo tengo mi Wimbledón 
 
Aquí, en mi propio barrio,
yo tengo mi Wimbledón
—entre un público de álamos
que me aplauden con sus hojas
está mi propio frontón.
 
Aquí, en mi propio barrio,
muy cerquita de mi casa,
yo tengo mi Wimbledón
—tengo mi propio frontón
donde yo vuelvo a ser niño,
donde el tiempo es eterno,
donde el tiempo nunca pasa. 
 
El viejo Now




Tenis, temporada 2022

 
Tenis, temporada 2022
 
Despacito (¡ojo con la espalda!) empezamos, este año, la temporada de tenis.
 
¿Torneos, campeonatos, competencias?..., nada de eso: un poquito de frontón.
 
Y entonces, con los álamos acompañándome con el ruidito de sus hojas, vuelvo a tener 10-12 años, como en Tucumán.
 
Tucumán
 
De mis 10 a mis 12 años viví en la ciudad de Tucumán. Me habían “enseñado” a jugar al tenis unos años antes, cuando vivía en Santa Fe, pero creo que “aprendí” a jugar en Tucumán.
 
Digo “aprendí” porque creo que fue ahí, y entonces, que lo hice mío al tenis (aunque yo no lo sabía entonces —como tampoco conocía la diferencia entre enseñar y aprender).
 
Allí se realizaba el “Torneo 9 de Julio”, uno que tenía importancia nacional, y al que venían a competir los mejores jugadores de aquella época (a comienzos de los años ’60).
 
Las canchas de polvo de ladrillo estaban escarchadas por la mañana, y los jugadores debían esperar hasta que el sol derritiera la escarcha para poder empezar. (El olor a polvo de ladrillo húmedo debe estar en mí, ahí, justo al lado del aroma a café con leche…)
 
Las raquetas blancas
 
Yo, que tenía una raquetita de madera marrón, los veía llegar con sus bolsos repletos de raquetas blancas.
 
¡Ah, cómo quería yo una raqueta blanca!
 
Mi papá usaba una Maxply-Dunlop, que era muy buena, y que tenía los gajos de madera laminada a la vista… ¡pero yo quería una raqueta blanca!
 
Era la época en que todo era blanco en el tenis: las remeras (Fred Perry o Lacoste), los pantaloncitos (shorts) para los varones, y las polleritas tableadas para las mujeres, los pulóveres sin mangas (con apenas dos rayitas, una azul y una roja, en el borde del escote), las zapatillas mullidas, esponjosas (con suela de crepe) y las medias (también con las rayitas de color). ¡Ah, sí, las pelotas, por supuesto, eran blancas también!
 
Las raquetas blancas que recuerdo eran la Wilson, la Slazenger y la Donnay. Yo estaba enamorado (no se me ocurre otra palabra) de la Donnay (probablemente porque me gustaba el jugador que la usaba).
 
El frontón
 
El frontón estaba al final de una serie de canchas (lo que a mis 10-12 años me parecía como medio kilómetro), en medio de una especie de monte salvaje (al menos así me lo parecía a mí).
 
El club estaba ubicado en medio de un parque inmenso y una parte estaba en estado silvestre, el frontón lindaba con uno de esos sectores. (De hecho, cada tanto, el encargado del mantenimiento de las canchas aparecía con la piel de una  víbora en la punta de un palito.)
 
Y ahí iba yo, con mi raquetita, a emular los tiros de los jugadores que había visto.
 
Amambay
 
Redescubrí mi frontón en Amambay, en el Parque Sarmiento (uno que está, ¡oh, casualidad!, al lado de un montecito).
 
Y, no importa el color de mi raqueta, parado ahí vuelvo a tener 10-12 años. 
 
Douglas Wright




lunes, 10 de octubre de 2022

Revoloteando allí afuera

 
Revoloteando allí afuera 
 
Cuando yo lo miro al fresno
plantado allí en la vereda,
siento que no estoy adentro
—aquí, detrás de mis ojos,
adentro de mi cabeza—
sino que yo estoy flotando
en derredor de las hojas,
en derredor de las ramas,
revoloteando allí afuera.
 
Cuando yo lo miro al fresno
—digo, lo miro de veras—,
mi mente, toda, es el fresno
—mi mente, toda, las hojas,
mi mente, toda, las ramas,
mi mente, toda, ese tronco
plantado allí en la vereda.
 
Cuando uno aprende a mirar
—a mirar de esta manera—,
el afuera es el adentro
o, por decirlo mejor:
¡no hay afuera y no hay adentro,
no hay adentro y no hay afuera!
 
El viejo Now




La casa: ¡olor a café!

 
La casa: ¡olor a café! 
 
Me desperté, anoté un sueño, y bajé a prepararme un café (un café con leche intenso, cremoso, sabroso).
 
Subía por las escaleras un fuerte olor a café. “La casa: ¡olor a café!”, sonó en mi mente.
 
Tal vez la sensación que tuve, estando todavía un poco “del otro lado”, fue la de que el olor a café, el aroma del café (que flotaba en la casa y subía por las escaleras) era un aroma que tenía algo “del otro lado” también.
 
Un aroma del mundo de la vigilia y también un aroma del mundo de los sueños.
 
Y la sensación que tuve (la vivencia) fue no la de que en la casa había un fuerte olor a café sino la de que la casa “era” olor a café. (No algo agregado sino algo intrínseco.)
 
Los recuerdos (las vivencias) que nos acompañan (y nos acompañarán, tal vez) no son los pensamientos abstractos sino, al parecer, las imágenes (visuales, auditivas, olfativas…). 
 
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La casa: ¡olor a café! 
 
La casa: ¡olor a café!,
el café de la mañana,
un aroma misterioso
venido de no sé dónde,
tal vez de mundos distantes,
tal vez de tierras lejanas.
 
Un aroma misterioso
sube por las escaleras
y se mete aquí en mi cama,
y se mete aquí en mi pieza.
 
La casa: ¡olor a café!,
el olor que me acompaña
en ese tránsito lento
desde el mundo de los sueños
al mundo de la vigilia,
la vigilia cotidiana.
 
Un aroma de este mundo
pero también de otro mundo,
ese mundo de los sueños
donde a menudo me hundo.
 
La casa: ¡olor a café!,
un aroma que me envuelve,
entra al mundo de mis sueños
y después, muy de a poquito,
me acompaña de regreso,
flotando conmigo vuelve. 
 
El viejo Now




viernes, 7 de octubre de 2022

Cigarrito


Cigarrito
  
Esta es, supongo, la primera canción que escribí
(en la época en que andaba en "No Sabemos"
—con Nano, Gerardo, Robert y Richard) y que
ahora rescaté y terminé.
 
Tristona, tal vez, pero así
me sentía entonces.
 
 

jueves, 6 de octubre de 2022

Un paisaje natural

 
Un paisaje natural 
 
Un paisaje natural,
con una flor en el centro
y soles por todos lados,
con nubes a ras del suelo
y, en el cielo, las ventanas,
los balcones, los tejados.
 
Un cielo que es como un mar
donde flotan pececitos;
un mar que es un cielo azul
lleno de globos brillantes, 
de abejas, de mariposas,
de aviones, de pajaritos.
 
Un suelo como una alfombra
llena de arbolitos verdes,
de montecitos y bosques,
y unos campitos sembrados
que llegan al horizonte 
donde la vista se pierde.
 
Un paisaje natural
que parece fantasía,
donde todo es livianito,
donde todo anda flotando
como en un cielo de ensueño,
donde todo es alegría.
 
Douglas Wright



miércoles, 5 de octubre de 2022

Un paisaje natural - Poesía leída

 
Otro experimentito producto
de estar sin la computadora
y aprendiendo a manejar el celular
(esta vez, probando la grabadora de voz).
 
Un paisaje natural
 
Un paisaje natural,
con una flor en el centro
y soles por todos lados,
con nubes a ras del suelo
y, en el cielo, las ventanas,
los balcones, los tejados.
 
Un cielo que es como un mar
donde flotan pececitos;
un mar que es un cielo azul
lleno de globos brillantes, 
de abejas, de mariposas,
de aviones, de pajaritos.
 
Un suelo como una alfombra
llena de arbolitos verdes,
de montecitos y bosques,
y unos campitos sembrados
que llegan al horizonte 
donde la vista se pierde.
 
Un paisaje natural
que parece fantasía,
donde todo es livianito,
donde todo anda flotando
como en un cielo de ensueño,
donde todo es alegría.
 
Douglas Wright
 
 

lunes, 3 de octubre de 2022

Quien comparta mi colchón

 
Quien comparta mi colchón 
 
Quien comparta mi colchón
ha de aprender a volar,
volar al anochecer,
¡ah, volar al despertar!
 
Compartir el indagar
más que el sabido saber,
compartir un ignorar
con unas ganas enormes,
con unas ganas inmensas
de ver y de conocer.
 
Quien comparta mi colchón
ha de compartir mis sueños,
irracionales, ilógicos,
esos que no tienen dueño.
 
Compartir esa inquietud
que cosquillea y que pica,
esa inquietud innombrable,
esa inquietud insondable
de ver y de conocer,
¡ah, que todo lo salpica!
 
Quien comparta mi colchón
ha de ser mi compañera,
mi compañera del alma,
mi compañera de mente,
compañera pasajera,
compañera intemporal
de esta vida y de otras vidas,
de esta existencia y de otras,
compañera colchonera,
¡compañera verdadera! 
 
El viejo Now




El lago, agua del cielo

 
El lago, agua del cielo 
 
El lago, agua del cielo,
igual que un cielo aquí abajo,
un cielo como un espejo
de otro cielo más distante,
de otro cielo más lejano.
 
El lago, agua del cielo,
un cielo donde mirarnos
en la quietud de las aguas,
en las ondas y brillitos,
en los reflejos plateados.
 
El lago, agua del cielo,
como un cielo aquí en la tierra,
uno que cada mañana
se despierta con el sol,
uno que duerme de noche
reflejando las estrellas. 
 
Douglas Wright




domingo, 2 de octubre de 2022

Unas nubes enruladas

 
Unas nubes enruladas
 
(Acerca de las nubes que vi en un sueño) 
 
Estoy frente a una ruta nocturna, solitaria.

 
Miro hacia arriba y veo un cielo negro, limpio, con una luna redonda, chiquita.
 
Lo mismo ocurre de nuevo, por segunda vez. Ruta, noche, cielo, luna.
 
La tercera vez miro hacia un lado y hacia el otro de la ruta (para ver si viene alguien, algún vehículo) y, al mirar hacia arriba, veo un cielo lleno de nubes enruladas, como la piel de una oveja.
 
 
Unas nubes enruladas 
 
Unas nubes enruladas,
como la piel de una oveja,
como pelotas de lana,
se amontonan en el cielo
en la noche sin estrellas.
 
Una luna, apenitas,
se distingue por detrás,
como una nube que brilla,
una nubecita apenas,
una nubecita más.
 
Unas nubes enruladas,
como la piel de un cordero,
vellones de lana oscura,
se apretujan en la noche,
se apretujan en el cielo.
 
¡La noche de las ovejas,
la noche de los corderos!,
el cielo parece un mar,
un mar de olas oscuras
hechas de lana y de cuero. 
 
Douglas Wright




sábado, 1 de octubre de 2022

April Come She Will


April Come She Will
  
Y para terminar esta aventura
de aprender a manejar el celular
(y así poder editar y publicar
mis escritos y dibujos): una canción.
 
Una versión mínima
(grabada en el celular)
de “April Come She Will”,
de Paul Simon.
 
(Aquella que escuché por primera vez
en la película “El graduado”, y que
revolotea en mi cabecita desde entonces.)
 
Una cancioncita de tres estrofas,
sin estribillo, que te deja siempre
con las ganas de escucharla de vuelta.