Cita en Montmartre Esta es una colaboración entre dos Douglas: uno de 30 años, y otro de 60. El de 30 concibió y desarrolló una historieta que nunca llegó a terminar. El de 60 recuperó los dibujos, restauró y coloreó algunos de los cuadritos, y escribió una poesía contando la historia. El resultado es éste: “Cita en Montmartre - una fantasía impresionista”, protagonizada por Gauguin, Lautrec, y van Gogh.
Autorretrato sin la oreja cortada Y, ya que
estamos con van Gogh (mi querido van Gogh), aquí va un autorretrato que tiene
algo del “espíritu” de los suyos, diría. (Modestamente, y salvando todas las
diferencias, claro está.) Yo tendría
unos 36 años, calculo (la misma edad que tenía él cuando se pegó un tiro, ahora
que lo pienso), y nos habíamos mudado a un PH antiguo, con un patio central y,
como se usaba antes, un hallcito de entrada, con un gran ventanal que daba al
patio. Era un sábado
por la mañana, según recuerdo, y no tenía que ir a trabajar. Me senté en el
sillón de caña junto al ventanal, donde había muy buena luz natural. Nunca tengo
un plan o un propósito predeterminado a la hora de encarar un autorretrato.
Solo unas ganas (o una necesidad, tal vez) que van apareciendo (vaya a saber
uno de dónde) y, si la cosa se pone interesante, las ganas y la energía van
creciendo. Y también surge
una lucha (una tensión, digamos) entre lo que se podría llamar la calidad del
dibujo (los trazos, el estilo, la expresividad), y el parecido físico. Además, también,
se da una tensión entre “lo que soy” (lo que veo en el espejo, lo que el espejo
me muestra) y lo que “creo ser” (más aún: “lo que me gustaría ser”). ¡Todo un
tema! (¡Y toda una exploración!) (Una tensión,
una lucha, una pugna, una pulseada… entre lo exterior y lo interior.) En este
empecé, en un momento, a luchar con uno de los lados (¡cáspita, el lado en
sombra!). Había algo ahí que no me gustaba, no me convencía, no me satisfacía
y, como trabajo en blanco y negro, puedo tapar con témpera blanca lo que no me
gusta, y seguir trabajando encima. Así fue que
terminé “pizzicateando” con el pincel (una herramienta inusual en mí) esos
brillitos concéntricos en un efecto medio vangoghiano (no buscado, para nada
deliberado). En fin… aquí
ando, a mis 72 (¡2 veces 36!), todavía dibujando, todavía escribiendo, todavía
explorando. Douglas
Wright
van Gogh, el escritor ¡Ah, si en
vez de ver sus pinturas en aquellas pinacotecas maravillosas de fines de los
años ’60 hubiera leído las cartas de van Gogh, tal vez en lugar de dibujar se
me habría dado por escribir!
---- Unas poquitas
muestras, tomadas de las cartas a su hermano Théo. “Veo que te
interesas por el arte y esto es una buena cosa, viejo. Encuentra
bello todo lo que puedas; la mayoría no encuentra nada suficientemente bello.” ---- Le describe a
Théo una pintura que vio. “Una antigua
población de Holanda, con hileras de casas de un rojo oscuro, con aleros
escalonados, techos grises y puertas blancas o amarillas, vanos y cornisas;
canales con barcos y un gran puente levadizo debajo del cual se ve una chalana
con un hombre en el timón y la pequeña casa del guardián del puente, al que se
distingue a través de la ventana en su pequeño escritorio.” (Casi puedo
verlo al inspector Maigret en uno de sus casos.) “Un poco más
lejos, en el canal, un puente de piedra por donde pasa gente y una carreta con
caballos blancos. Y en todas
partes movimiento; un hombre con una carretilla, otro apoyado en el pretil de
un puente, mirando al agua; mujeres de negro con botones blancos.” (¿Fellini?
¿De Sica? ¿El Neorrealismo italiano?) “En primer
plano un muelle empedrado y un pretil negro. Lejos una
torre se levanta sobre las casas. Por encima de
todo esto, el cielo de un blanco gris.” (Con una
pluma así, ¿quién necesita pincel?, se me ocurre pensar en broma.) ---- Y por último… Vincent le
describe a Théo un cuadro de Corot, “El jardín de los olivos”. “A la
derecha, un grupo de olivos se sumerge en el azul del cielo en el crepúsculo;
en el último plano, colinas con arbustos y dos grandes árboles; en lo alto la
estrella de la tarde.” Se me ocurre
fantasear con una gran exposición dedicada a van Gogh en la que, enmarcadas en
las paredes, en vez de sus cuadros, se encontraran estas perlitas. Douglas
Wright
Ruby Baby – El ensayo En los comienzos…
(fue la luz, dicen) Tal vez, antes del comienzo, fue la música, para mí. La música de mis padres (de mi papá, en realidad, que era el
que ponía música en un combinado Ken Brown —que sonaba bastante bien). Yo tendría unos 12 años, y por ahí andaban Los Plateros, Al
Jolson (que era el preferido de mi papá), Doris Day (con el pelito rubio,
cortito, y esos ojos azules), algunos discos que traían recopilaciones de los
éxitos del momento (para gente de la edad de mis padres, claro) y que tenían
nombres tales como “Refrescos musicales”, y un disco maravilloso (aunque yo no
lo sabía entonces) de Nat King Cole con arreglos de cuerdas de Gordon Jenkins. Había más música dando vueltas, claro, pero esa era la que
me sonaba a mí. (Poco, o casi nada, en castellano…) El Big Bang Alrededor de mis 14 años empezó a sonar “mi música” (música
“para mí”, digamos). Venía de la mano de mi amigo Carlitos, que vivía a un par
de casas de distancia de la mía. Y fue como una especie de Big Bang, donde todo estaba
todavía indiferenciado, equivalente (además de sorprendente, novedoso y
estimulante). Ahí estaban los Beatles, por supuesto, pero había muchos más
(muchísimos más), y todos sonaban igual de importantes, igual de sorprendentes,
igual de estimulantes. Sonaban al mismo
nivel que los Beatles (esos que cambiaron la música del siglo XX), y a veces
más, para mí (esos que cambiaron, y formaron, mi gusto musical): The Dave Clark
Five, The Herman’s Hermits, The Byrds, aquellos Bee Gees de fines de los ’60, dúos
como Peter y Gordon, Chad y Jeremy y Simon y Garfunkel, Manfred Mann (con su “Do Wah
Diddy Diddy”, que escuchábamos una y otra vez), algún solista (no muchos) como
Bobby Solo, por ejemplo (con su “Si lloras, si ríes”, en italiano), The McCoys,
una de esas bandas de un solo tema, de un solo éxito (aquella “Hang On Sloopy”,
que cantábamos con Carlitos y con Willie). ¡Todo
parecía compuesto para nuestra edad, para nuestros oídos! ¡Era “mi música”! (y
la de Carlitos y la de Willie también). Cool De la mano
de Carlitos, otra vez, llegó uno de esos disquitos (discos simples, se
llamaban) que tenían solo dos canciones, una del lado A (el éxito, el Hit), y
una del lado B (que nadie escuchaba). (Se decía que escuchábamos tantas veces
la del lado A, en esos tocadiscos a púa, que si uno ponía el lado B, se
escuchaba la canción del lado A, pero al revés). El disco
(de vinilo negro) tenía una etiqueta roja con un nombre grande, de pocas
letras: “DION”. Y la canción, de pocas letras también, era “Ruby Baby”. Empezaba
con una guitarra arrastrada (con unos acordes que después aprendería que eran
“bluseros”) y la voz de un tipo, arrastrada también (tanto o más que la
guitarra), que ronrroneaba algo así como
“IsaytharAhloveagirlanaRubyisahernameah” (I say that I love a girl and Ruby is
her name, me enteré luego). Y el tipo
ronrroneaba y se arrastraba (y metía cosas entre estrofa y estrofa
—¿comentarios?, ¿interjecciones?, ¡qué sé yo cómo llamarlas!) con una especie
de despreocupación absolutamente “Cool”. Parecía que le importaba tres carajos
llegar o no a las notas o que se entendiera la letra, lo que estaba diciendo. Una
especie de Big Bang también, tal vez, en el que la música, la canción, iba
surgiendo, se iba haciendo, desde un todo indiferenciado, desde un magma
musical primitivo, primordial. Reencuentro Nunca más
supe de Dion (salvo por mi amigo Daniel, blusero, que lo conocía como “Dion
Dimucci” —que era su nombre, el de un chico italo norteamericano del Bronx,
creo) hasta hace poquito en que vi en Facebook un post anunciando su cumpleaños
número 83. (El tipo
es de 1939 —diez años más grande que yo, que soy del ’49.) (Y un año mayor que
Lennon y que Ringo…) La canción
la había grabado, también, Tony Sheridan (aquél cantante al que los Beatles le
habían hecho de banda de apoyo, allá, en los comienzos). Me entero,
también (¡oh, sorpresa!) que la cara de Dion es una de las que aparecen en la
portada de “Sgt. Pepper’s”. ¡GUAU! En fin, me
reencontré con Dion y su Ruby Baby. La canción no es de su autoría, pero nadie
la cantó como él. ¡Es más, él nunca volvió a cantar así! Fue tocado en ese
momento por la varita del Coolness, tal vez. Fue parte de ese Big Bang inicial,
quizá. El ensayo Me puse a
“estudiar” la canción, como hago cada vez que una “se me mete adentro”. Y ahí me
di cuenta de que no podía, ni de cerca, cantar así (como dije, ¡ni él mismo
volvió a hacerlo!). Así que
ayer, después de una siesta, tomé mi guitarra vieja, la afiné, y me puse a
tocar unos acordes arrastrados, a micrófono abierto, tanto como para hacer un
demo de la canción. Sin
importarme los ruidos que venían de todas partes (la vecina, limpiando la casa
para el cumpleaños de su hijito menor; las frenadas del 71, que para aquí, en
la esquina; los arranques de los autos cuando abre el semáforo…), me puse a
tararear unas pistas de guía, que fueron creciendo, una tras otra, hasta
convertirse en una especie de ensayo, de primer ensayo de esta Ruby Baby mía. Y así
jugué un rato (importándome tres carajos de nada —como aquél Dion cool, tal
vez). Jugando a
arrastrar las notas. Jugando a
arrastrar las palabras. Jugando a
rasguear esa guitarra que (como aquél piano de Jelly Roll Morton) nunca afina
del todo (y así da ese tono canchero, atorrante, rufián). Dándole
mucha importancia a las palmas (esas que jugaban un rol tan importante en las
primeras grabaciones de los Beatles), y poca importancia al “qué dirán” de los
vecinos (“¿qué estará haciendo ese viejo loco esta vez?”). Manoteando
una armónica rota que está en el cajón de abajo de mi escritorio (aprovechando
que mi versión está en DoM), y aprendiéndola a tocar de nuevo (como ocurre cada
vez que la agarro). Tres whiskicitos Transcurrieron
tres whiskicitos con hielo (no mucho, solo un par de dedos cada vez) cuando, ya
cerca de medianoche, tenía algo que parecía un ensayo, o una zapada, o una
reunión con amigos musiqueros. “ASÍ
QUEDA”, pensé, “EN UN ENSAYO”. “No la
puedo mejorar sin empeorarla”, volví a pensar. Esa
despreocupación (lo más parecido al “Coolness” en mí, que me preocupo tanto)
está ahí, en este ensayo, en este jugar a ser “cool”, en este “dale que…” (“¿dale
que éramos cowboys?”, “¿dale que éramos los Beatles?”, “¿dale que éramos Dion?”). Douglas
Wright
Un cielo del otro lado Las raíces en la
tierra buscan, tal vez,
otro cielo, un cielo, del otro
lado, que parece diferente, uno que parece
nuevo. Las raíces hacia
abajo buscan, allá en lo
profundo, un cielo del otro
lado, del otro lado del
mundo. Las raíces que se
estiran buscan, allá en lo
más hondo, un cielo del otro
lado, uno que parece nuevo pero que es el mismo
cielo, ese gran cielo
infinito, ese gran cielo
redondo. Douglas Wright
Venecia sin ti Yo andaría por mis 14 o 15 años. Era un sábado por la mañana y no tenía que levantarme
temprano para ir al colegio. La ventana del dormitorio que compartía con mi hermano menor
daba a un pasillo exterior que nos separaba de los departamentos del edificio
de al lado. En uno de ellos (el que estaba justo frente a mi ventana)
vivía un muchacho tres o cuatro años mayor que yo. De repente —estando yo medio dormido todavía— empezó a
sonar, bien fuerte, “que profunda emocióoon, recordar el ayeeer…”. Era “Venecia
sin ti”, en castellano, cantada por Charles Aznavour. ¡Guau!, ¡esa voz medio ronquita, medio afónica, llena de
emoción! Y esa melodía romántica y dulzona… ¡Impresionante! Después llegaron otras Venecias: la de “El Mercader de Venecia”, de Shakespeare (en
Literature, en el colegio); la del final de “De Rusia con amor”, del James Bond de Sean
Connery (en un cine de Banfield); la de “Fábula en Venecia”, del Corto Maltés de Hugo Pratt; la oscura y misteriosa de “Venecia rojo shocking”, de aquél
thriller de Nicholas Roeg (con Donald Sutherland y Julie Christie); la de Woody Allen en “Everybody Says I Love You”; la de “Casino Royale” del Bond de Craig… Para todas ellas (las Venecias de mi vida —esas que me han causado
profunda emoción) va este recuerdo. Douglas Wright