martes, 18 de marzo de 2014

Del anecdotario personal de Phil Martin - 1





Del anecdotario personal de Phil Martin         
   
   
       La escena nos muestra a Woody Allen después de uno de sus tantos desengaños amorosos. Está tirado en un sofá y sostiene en la mano el micrófono de una grabadora. (Todo en blanco y negro.) Está enumerando aquellas cosas que hacen que —para él— la vida tenga sentido.
       —Hay cosas que la hacen valiosa— reflexiona. —Groucho Marx —para empezar—, Louie Armstrong grabando el “Potatoe Blues”, las películas suecas —naturalmente—, Marlon Brando, Frank Sinatra, esas increíbles manzanas y peras de Cezanne, el rostro de Tracy...
       
       (“Manhattan”, de y por Woody Allen)
   
   
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 Introducción

      
      En circunstancias similares a las de Woody Allen en “Manhattan” —en un sentido anímico, al menos — encontramos a Phil Martin sentado en la más sucia de las playas de L.A. tratando de encontrar una buena razón para no pegarse un tiro y arrojar su cuerpo al mar (desde el “Holland Bull Drive”, tal vez).
      Groucho Marx era un buen motivo para Allen, pero no para él (no porque no le gustara sino porque no había llegado a conocerlo bien —más allá de algunas frases brillantes).
      Louis Armstrong sí, aunque no en “Potatoe Blues” sino en “I’ve Got The Right To Sing The Blues” —o en “Cheek To Cheek”, con Ella Fitzgerald (formaban un trío perfecto, pensaba Phil: Ella, él, y su trompeta vidriosa).
      Nicholson más que Brando (pero ésa era una cuestión generacional).
      El color de la voz de Nat Cole cuando cantaba, cuando hablaba (y hasta cuando se quedaba callado), y cualquier sonido que hubiera emitido Ray Charles (en especial esos gritos de hipopótamo herido).
      El piano de Bill Evans (con o sin Jim Hall).
      Michelle Pfeiffer (de rojo sobre un piano —por supuesto—; de negro —como supergata—; con aspecto de halcón medieval —aguileña y ornitológica—, en “Ladyhawk”; y de arquitecta madura, divorciada y neurótica, enloqueciendo a un George Clooney que merecía ser enloquecido, en “One Fine Day” —“Un día fino”, para Phil).
      Frank Sinatra, todo (y más). El de los comienzos con Tommy Dorsey y Harry James —romántico y liviano. El absolutamente swinguero de antes de Ava Gardner. El introspectivo y profundo de después de Ava Gardner. El Sinatra de la época de Presley y el Sinatra de la época de los Beatles. El Sinatra sesentón de “Trilogía”. Todo Sinatra (hasta cantando con su hija Nancy).
      Raymond Chandler, completo, desde Philip Marlowe hasta su correspondencia (pasando por las notas que le entregaba a su mucama con los encargos para las compras semanales, que incluían grandes cantidades de whisky y cigarrillos —para él y para su personaje).
      Los locos brillantes de “Monty Python” (juntos o por separado), los locos brillantes de “Les Luthiers” (juntos).
      Todo lo que hicieron los Beatles antes de “Sgt. Pepper”, algo de lo que hicieron después (nada de lo que hizo John Lennon solo).
      Woody Allen (en broma y en serio).
      Billie Holiday (Sarah Vaughan, Dinah Washington y Carmen Mac Rae), las “Ballads” de John Coltrane, el Presley de los primeros años.
      El Súper Agente 86, y las caídas de Will E. Coyote en el Gran Cañón (persiguiendo al Correcaminos).
      “Alien” y “Blade Runner”, de Ridley Scott.
      Los loquísimos dibujos de Don Martin en “Mad”, “Corto Maltés”, de Hugo Pratt.
      Harrison Ford en “Testigo en peligro” y “Búsqueda frenética”.
      Bogart —por supuesto—, con o sin gabardina (aunque Phil no recordaba nunca haberlo visto sin una).
      Así siguió Phil hasta que llegó la noche. A medida que oscurecía, la playa y el mar se iban fundiendo en la penumbra del atardecer, y con cada estrella que se encendía, a Phil se le ocurría una nueva razón para no pegarse un tiro. La última y definitiva: había empeñado su arma —una Ludwig 9.97—, para pagar el alquiler atrasado de su departamento.
      Algunos de los casos en los que había trabajado (y en los que —como casi siempre— no había podido hacer mucho) pasaron por su mente como una película casera de 16 mm, rayada y sin sonido. Y también los recuerdos, vivencias, y remembranzas, que integran esta sección.
      Son episodios cortos —que a veces no constituyen un caso— pero que poseen algunas características y particularidades que los hacen rescatables. Forman parte del anecdotario personal de Phil, y es en ese contexto que deben ser leídos (o, tal vez —por eso mismo—, deban ser completamente ignorados).
   
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1. Las mujeres plateadas
      
   
       —Mi nombre es Bond, James Bond.
       
       (Sean Connery, en cualquiera de los films de 007 —y cualquiera de los otros Bond, aunque nunca como Sean)
   
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      En muchas de las ocasiones en que Phil se relacionó con una persona del sexo opuesto —lo que no implica que esas ocasiones fueran muchas—, al día siguiente, la mujer que dormía desnuda a su lado, despertaba completamente pintada de plateado.
      Afortunadamente, las mujeres siempre despertaban con vida (a diferencia de aquella que pintaron de oro en “Goldfinger”, una de las películas de la serie de James Bond). A veces, a las amigas de Phil les gustaba tanto como les quedaba el plateado que se negaban a quitarse la pintura hasta que, algunas semanas más tarde, se les empezaba a descascarar o a oxidar.
      Luego de realizar una serie de investigaciones que —a pesar de involucrarlo personal y afectivamente— Phil llevó a cabo con el rigor metodológico que lo caracterizaba —que era casi nulo—, descubrió —por casualidad— que algunos estudiantes de una escuela de arte de la vecindad —aquellos que no contaban con los medios económicos para costearse modelos en vivo—, recurrían a sus compañeras de cama para realizar los trabajos prácticos para las clases de “body-painting”. Sabiéndolas dormidas —por fatiga o por aburrimiento—, se introducían  por la ventana de su dormitorio para llevar a cabo sus tareas escolares.
      Una vez descubierto este sórdido accionar —más digno de una banda de delincuentes que de un grupo de futuros artistas—, Phil inmediatamente tomó cartas en el asunto: decidió alquilar el cuerpo de sus compañeras dormidas a los alumnos adinerados.    
   
   
      Douglas Wright


Otra vez empieza otoño



Otra vez empieza otoño 

Otra vez empieza otoño,
empieza otoño otra vez;
no es que llega un nuevo otoño
sino que es el mismo otoño,
que empieza otra vez de nuevo,
como la primera vez. 

Douglas Wright 


lunes, 17 de marzo de 2014

8. El caso de “Los Despertadores” (The Awakeners, en el original)





8. El caso de “Los Despertadores” (The Awakeners, en el original)



—No me digas que eso que tienes en la mano es un revólver cargado.
—Sí, es un revólver cargado.
—¡Te dije que no me lo dijeras!

(Maxwell Smart, el “Super Agente 86”)


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Sopapo va, sopapo viene


      Éste, como muchos de los casos de Phil Martin, es, acaso, un caso escaso (una excusa, casi). El caso es que, el de “Los Despertadores”, azotó (abofeteó, literalmente —así como estos casos son una bofetada literaria) a la tranquila (¿y dormida?) población de Las Anguilas.
      Todos los mediodías —entre las 12 y las 13, exactamente—, una pandilla de tres sujetos (incontenibles, incotrolables, insujetables: in-sujetos), disfrazados como “Los Tres Chiflados” (The Three Stooges, en el original —aquellos de Curly, Larry y Moe) recorrían las calles y las playas de L.A. abofeteando a todo aquél que se cruzaba en su camino (y hasta se cruzaban de vereda o de playa para cruzarse con aquellos que no se cruzaban con ellos).
      El procedimiento habitual era más o menos el siguiente —según el relato de los sopapeados: “Los Despertadores”, que venían en dirección opuesta al sopapeado, se paraban frente a él impidiéndole el paso y, a la voz de “¡Despierta!”, cada uno le encajaba un soberano sopapo en la mejilla.
      Este “Tratamiento” básico tenía (sufría) algunas variantes. A veces, el pandillero Moe (el “Sujeto Ejecutor” Nº1) abofeteaba al pandillero Larry, que a su vez abofeteaba al pandillero Curly, que era el que finalmente descargaba el sopapo sobre el “Sujeto Receptor”. (Todo esto de “Sujeto Ejecutor”, “Sujeto Receptor” y “Tratamiento” era cosa de los expertos del Departamento de Comportamiento de la Policía de Las Anguilas —a ellos les encantaba esa terminología.)
      Otras veces, el “Sujeto Ejecutor” Nº1 (Moe) lanzaba una bofetada a los “Sujetos Ejecutores” Nº2 y 3 (Larry y Curly), éstos se agachaban oportunamente, y el sopapo en cuestión (“Unidad de Agresión Manual Simple”) iba a parar al “Sujeto Receptor” (Willy Smith, en este caso).
      Otras variantes incluían tortas de crema, baldes de agua y objetos contundentes (los preferidos eran las llaves inglesas, los martillos y los serruchos —siempre enormes, y siempre de goma flexible). Y siempre, siempre, a la voz de “¡Despierta!”
   
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Contacto electrizante (al estilo Groucho)
      
   
      El Departamento de Comportamiento se contactó con Phil Martin a través de la Dra. Swift —Catherine Swift—, con quien Phil enseguida hizo buen “contacto” (la doctora tenía una personalidad “electrizante”, y era famosa por su “mal comportamiento” —pero ésa es otra historia). Phil debería encontrar a esos chiflados y averiguar de qué se trataba aquello de “Abofetear para Despertar”.
      Y Phil los encontró —ellos lo encontraron a Phil, en realidad (aunque —en rigor de verdad, pensaba Phil— se habían encontrado mutuamente, ya que el encuentro no hubiera sido posible sin ambas partes actuando simultáneamente).
      Venían por su misma vereda —en la dirección opuesta—, se plantaron frente a él y, a la voz de “¡Despierta!” —como siempre—, lanzaron sus sopapos.
      Phil se agachó, golpeó a Moe en la barriga, le arrancó un mechón de pelo a Larry, y retorció la nariz de Curly.
   
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Epílogo (primero)
      
   
      Phil nunca reportó el encuentro a la Policía de L.A. (aunque sí se re-portó como un caballero con la Dra. Swift, invitándola a ver una función de cine dedicada a Los Hermanos Marx —pero ésa es otra historia).
      Al parecer, el encuentro con “Los Despertadores” despertó algo en Phil que estaba dormido (lo “¡Despertó!”, pensaba él). (Después de todo —y a pesar de todo— él era un ciudadano más —un habitante más, prefería él— de Las Anguilas.)
      La pandilla siguió operando como siempre —siempre de a tres, siempre de 12 a 13, siempre sopapeando. La Policía de L.A. consideró que, mientras no fuera en el horario pico, la cosa no era tan grave.
   
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Epílogo (segundo)
      
   
      En la factura por los gastos de la investigación, Phil no incluyó las entradas a la función de cine de Los Hermanos Marx, éstas corrían por su cuenta (eso es ser “Marxista”, pensaba Phil).
      La Dra. Swift y él se siguieron “contactando”. Solían jugar a un juego —un poco chiflado, pensaban—: a que él era el Super Agente 86 y ella la 99.
      —No me digas que tú eres la 99 —decía él.
      —Sí, soy la 99 —respondía ella.
      —¡Te dije que no me lo dijeras!  
   
   
      Douglas Wright      


viernes, 14 de marzo de 2014

7. El caso de la modelo atemporal o las consecuencias de tener poros





7. El caso de la modelo atemporal o las consecuencias de tener poros


Mientras la gente “importante” —políticos y potentados— escucha las palabras de despedida del presidente a su viejo amigo fallecido —un potentado de gran influencia política—, Peter Sellers (Chauncey Gardiner) camina sobre las aguas del lago contiguo al cementerio.

(“Desde el jardín” —Being There)


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Caminando por la vereda


      Así caminaba Phil Martin por las calles de L.A. No porque caminara sobre el agua —ya que lo hacía por las veredas sucias de papeles, envases de gaseosas y restos de comida chatarra— sino porque estaba “en su mundo” (en su propio jardín, pensaba él).
      En los afiches publicitarios que acompañaban su caminata, una mujer de edad indefinida (atemporal, pensaba Phil) anunciaba algo que él no conocía. (Había visto muchas veces el rostro sonriente —con una sonrisa atemporal, también— de aquella modelo, que luego se había convertido en actriz, y que ya era un “personaje importante” de la vida social y cultural de Las Anguilas —¡eso era!, pensaba Phil: su sonrisa era brillante como las anguilas, y tan irreal como ellas en la ciudad que llevaba su nombre.)
      Al comienzo de su carrera —y de la de Phil— ella había anunciado cosas que Phil conocía —jabón o champú, por ejemplo. Con el tiempo —ese tiempo atemporal de la publicidad— y con los años —que pasaron para Phil pero no para la mujer— los afiches callejeros —en los que ella se iba volviendo cada vez más rubia, primero, y platinada, después— anunciaban cosas que Phil no conocía, que Phil no reconocía, que Phil des-conocía. (Productos que no le interesaban, tal vez. Servicios que no le servían, quizás.)

   
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Televisores para polillas encandiladas
      
   
      Le pasaba lo mismo con los televisores encendidos por todos lados: ya no entendía de qué hablaban (y muchas veces no entendía el lenguaje en el que hablaban —tan lleno de palabras y conceptos que él no comprendía, y que ya no tenía ganas de comprender). (En esos futuros imaginados —tipo “Gran Hermano” de Orwell, por ejemplo— los televisores omnipresentes eran obligatorios; en el caso de L.A., la cosa parecía ser voluntaria —“con una voluntad de polilla encandilada”, pensaba Phil.)
      A Phil le parecía que las personas ya tenían una especie de velo en los ojos —como una pequeña pantalla, tal vez— que hacía que vieran el mundo como en un monitor de televisión o como en un afiche publicitario. (La TV y los afiches eran una especie de recordatorio, nada más, pensaba Phil; cada uno estaba enchufado —vivía enchufado— a su propio monitor.)

   
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Arrugas y poros
      
   
      Además, ya nadie tenía poros, pensaba Phil —en las fotos de los afiches publicitarios, por ejemplo, o en las tapas de las revistas. Primero habían empezado disimulando las arrugas, luego eliminándolas por completo —a tal punto que alguien podía tener las manos de una persona de 70 y el rostro de una de 30—, y luego habían eliminado hasta los poros. En las fotos de los afiches y en las tapas de las revistas todos tenían ese aspecto de muñeco de cera o de personaje animado por computadora.
      Nadie tenía poros salvo aquellos que Phil se cruzaba por la calle, o los que estaban sentados en los bares —o atendiendo los mostradores de negocios que tenían afiches sin poros en la vidriera. Es decir, todo lo demás tenía poros en L.A.: las veredas tenían poros, su gabardina tenía poros —además de algunos agujeros de bala—, las gaviotas que volaban sobre la playa sucia —¿buscando anguilas, tal vez?— tenían poros (y también tenían poros los árboles del “Parque del Sauce” —aquél de “Las botas del botánico y el aspecto positivo de la deshidratación”—, las nubes del cielo de la costa y, por supuesto, Glenda). Y Phil pensaba —por pensar nomás— que era por esos poros que respiraba la vida de L.A.

   
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Epílogo
      
   
      “La vida tiene poros”, pensó Phil —antes de encender un “Dromedar” y sentarse en una de las escalinatas que bajaban a la playa.
      Acababa de rechazar un caso. La mujer del afiche (la modelo atemporal) quería contratarlo para que encontrara a su hija, que había huido de su casa en el Barrio Alto de “Las Anguilas Hills”.
      Al parecer, a la chica se le había caído el velo de los ojos (esa especie de pantallita que le hacía ver el mundo como en un afiche publicitario) y, durante el desayuno —a plena luz del sol de la mañana—, había visto los poros de su madre.  
   
         
      Douglas Wright


martes, 11 de marzo de 2014

La comida más rica


La comida más rica

La comida más rica,
la que me gusta más:
un plato de fideos
con la mente en paz.

Douglas Wright

miércoles, 5 de marzo de 2014

6. La semana perdida de Phil Martin


   
   

6. La semana perdida de Phil Martin

     
       Bill Murray se despierta, como cada mañana, para descubrir que está viviendo el mismo día una y otra vez. Baja a desayunar al comedor de la hostería donde se hospeda. Desconcertado, le pregunta la encargada:
       —¿Tiene usted déjà-vu, señora Lancaster?
       —No lo creo —contesta ella—, pero puedo preguntar si tienen en la cocina —agrega solícita.
       
       (“Hechizo del tiempo” —Groundhog Day)
      
      
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Lunes
      
   
      Era lunes. Phil lo sabía porque el día anterior había sido domingo. Y sabía que el día anterior había sido domingo porque había arrastrado durante todo el día la resaca de la borrachera de la noche del sábado que, si bien no era la única borrachera de la semana, era sin dudas la peor. (Un calendario infalible, pensaba Phil.) Además, así lo indicaba el reloj con calendario —redondo, cromado y analógico— ubicado en el centro del tablero de control de su auto: lunes, 16 de abril, 13 horas. (Le parecía estar escuchando la voz grave, sobria, del locutor de la radio cultural de L.A. —ésa que emitía música clásica las 24 horas. Le encantaba la voz de ese locutor que se tomaba todo el tiempo del mundo para pronunciar cada palabra —total, la música clásica no tenía apuro, pensaba Phil.)
      Phil Martin iba al volante de su cupé convertible color tabaco (del color exacto del tabaco de los cigarrillos “Dromedar” que acostumbraba fumar sin descanso —“si uno hace algo, debe hacerlo bien”, pensaba). Recorría uno de los caminos de tierra y pedregullo que subían, ondulantes, las colinas que se encontraban al oeste de Las Anguilas. (Las Anguilas: pensaba que bautizar así a la ciudad había sido un gran desatino —anguilas era lo único que no había visto jamás, ni siquiera en los folletos de las agencias de turismo.)
      Podía ver —por el espejo retrovisor— cómo la ciudad se alejaba detrás del polvo que levantaban los neumáticos de su auto. Desde allí —a esa distancia y a esa altura — se veía claramente la cúpula de smog que la cubría como un paraguas gris (o tal vez fuera sólo el humo de las hamburgueserías y los negocios de pescado frito lo que flotaba por el aire esperando que la brisa del mar lo disipara.) El aire de la montaña era otra cosa: era aire.
      El camino llegó a una bifurcación. En la punta de un palo torcido, dos carteles de madera reseca indicaban: hacia la derecha, “Old-Town, Entrada” y hacia la izquierda, “Old-Town, Salida”.
      El camino de la izquierda —el de salida— terminaba a pocos metros de la bifurcación. De allí en adelante no había más pedregullo, sólo un corto sendero de pasto que se fundía con un prado verde. Más allá, los árboles se cerraban sobre el paisaje como un telón.
      Phil notó —o le pareció notar— que tres ardillas, que estaban en uno de los árboles que bordeaban el sendero interrumpido, lo miraban. Le dio la impresión de que reían en voz alta —y hasta le pareció que una de ellas lo señalaba con su manito rosada.
      Phil tomó el camino de entrada. (Pensó que aquella bifurcación le presentaba una opción falsa —como muchas de las que se le habían presentado en su vida: una de las opciones era imposible de elegir, entonces no tenía más remedio que optar por la otra.)
      Se dirigía a Old-Town a pedido de una mujer anciana, de una señora de edad avanzada, de una dama entrada en años (de una vieja, ¡bah!). Le había enviado una carta incluyendo una buena cantidad de dinero a modo de anticipo (un tipo de dinero que, en muchos casos, Phil no llegaba a cobrar ni siquiera al final).
      Era tan frecuente que no pudiera cobrar su trabajo que Phil había pensado cambiar el letrero pintado en la puerta de vidrio de su oficina, en el que se leía “investigador y detective privado”, por uno en el que se leyera “sin-vestigador y des-tective privado”. La única palabra que conservaría sería “privado” (privado de casos, privado de soluciones, privado de sus honorarios —que muy pocos hacían el “honor” de pagarle).
      Había pensado dedicarse a otra actividad (ser un tranquilo hombre de familia, por ejemplo, atendiendo un tranquilo comercio en un tranquilo pueblo de provincia, pero para ello debía conseguir una familia tranquila, un comercio tranquilo y un pueblo tranquilo, y eso lo intranquilizaba).
      Encendió un “Dromedar” en un acto reflejo (más reflejo aún debido al brillo encandilante de su encendedor de acero pulido “Ron & Sons”).
      No sabía si la acción de succionar su cigarrillo (¿succión?, ¿sacción?) lo calmaba y lo alejaba de aquellos pensamientos (y de tantos otros con los que solía divagar con demasiada frecuencia), o si el hecho de mirar el dibujo del dromedario impreso en el paquete —parado en medio del desierto, con una pirámide de fondo y tres palmeras a modo de oasis— lo transportaba a un mundo de ensueño que lo alejaba de todas sus angustias.
      (Aquél era un desierto arquetípico —mejor, mucho mejor que el desierto real. Un desierto de coreografía barata de viejas películas de Hollywood —de aquellas en las que Rodolfo Valentino hacía de “Sheik de Arabia”, o por donde andaban Cary Grant y sus compinches en “Gunga Din”, por ejemplo. No el desierto de “Lawrence de Arabia”: ése decididamente no. Tampoco el desierto de “El desierto viviente” de los documentales de Disney, y menos aún el desierto de cualquiera de las dos versiones de “El viejo y el mar” —la de Spencer Tracy y la de Anthony Quinn— en las que no había ningún desierto —“había tanto desierto en esas películas como anguilas en Las Anguilas”, pensaba Phil.)
      El cigarrillo de Phil parecía haberse fumado a sí mismo mientras él soñaba con desiertos. Estaba encendiendo un nuevo “Dromedar” cuando el reflejo de su acto —aquél brillo de su encendedor de acero pulido— lo encandiló y por un instante perdió el control de su auto. Fue a dar de lleno contra un árbol que estaba al costado de la ruta. Alcanzó a ver —como en un fogonazo—a tres ardillas similares a las que estaban en el árbol de la bifurcación de la salida de Old-Town. Lo señalaban con sus manitos rosadas, y se reían en voz alta (con unos chillidos agudos, en realidad).
      Cuando despertó, estaba anocheciendo. Su cabeza había golpeado contra el volante del “Backhard” —que era la marca de su cupé marrón (tal vez llamada así por lo duro del asiento, que le dejaba la espalda dolorida). Pudo ver, en el espejo retrovisor, una “B” de un color rosa azulado en medio de su frente. El chichón tenía la forma del logotipo que estaba grabado en relieve en el centro del volante. (Pensó que podría venderles la idea a los creativos de la agencia de publicidad de la empresa automotriz —ellos le encontrarían el ángulo positivo, como lo hacían con todo—: “el auto que uno no puede quitarse de la cabeza”, o algo así.)
      Phil caminó hasta Old-Town. A diferencia de otros pueblos viejos que habían sido inventados para el turismo —y en los que se podía ver a actores disfrazados de cowboys—, Old Town era realmente viejo.
      Parecía el pueblo abandonado de una vieja película del Oeste — y hasta se lo veía en blanco y negro en la penumbra del atardecer, ya casi entrada la noche. Sólo faltaban las matas de pasto seco (¿eran eso?) que el viento arrastraba por las calles de tierra donde un vaquero solitario caminaba rumbo a la cantina (igual que caminaba él —como un vaquero solitario— rumbo al hotel).
      Entró al “Old Old-Town Hotel” (un nombre poco ingenioso, tratándose del hotel viejo de un pueblo viejo; o tal vez hubiera por ahí un “New Old-Town Hotel”, que él no había visto —o quizá la cuestión era, simplemente, que en Old-Town no había agencias de publicidad).
      Un viejo flaco y nervudo —con unos bigotes a lo Mark Twain— estaba sentado detrás del mostrador de la recepción. Parecía estar muerto. El golpe de Phil sobre la campanilla oxidada —que también hizo un ruido oxidado— lo revivió el tiempo suficiente para que le entregara la llave de la habitación. La llave era grande, estaba llena de herrumbre, y colgaba de un llavero de madera —que pesaría como medio kilo— en el que se podía ver un despintado número 13.
      Phil preguntó si había otra habitación disponible (no por aquello de la “mala suerte” —en la que no creía— sino sólo “por las dudas” —en las que sí creía) pero la única disponible —además de la suya— era la número 1313. Phil decidió conservar la que tenía (con un 13 ya era suficiente, pensó).
      Su habitación estaba —como todas las demás— en el primer piso. El baño más próximo —según le había informado el resucitado— estaba también en el primer piso —pero en el primer piso de la sucursal que el hotel tenía en el pueblo vecino, a quince kilómetros de allí. Phil debería contener sus necesidades. Todos los que se hospedaban allí deberían hacerlo (es decir: no deberían hacerlo).
      Subió las escaleras de madera crujiente (todo en el hotel parecía estar hecho de lo mismo) y pasó frente a las puertas de las otras habitaciones, buscando el número de la suya. La primera —y más próxima a la escalera— era la -1313. (“Qué extraño”, pensó Phil, “un número negativo”.) Siguiendo por el pasillo, pasó primero frente a la -13, y luego llegó hasta donde estaba la suya —la número 13—; unos metros más allá, alcanzó a ver la habitación 1313 (ésa que le había ofrecido el flaco nervudo). Al fondo de todo —en la penumbra del tramo final del pasillo— alcanzó a ver el número de la última puerta: la número 131313.
      Phil abrió la puerta crujiente y caminó por los tablones crujientes hasta la cama crujiente. Se desvistió y se acostó —con dos crujidos, el de la cama y el de sus huesos—, y le pareció que las sábanas y las mantas también crujían cuando se tapó. Se durmió al instante (lo que no le sucedía nunca, ni siquiera cuando estaba muy cansado —pero eso no alcanzó a pensarlo).
      El sueño —sin sueños— fue como un profundo pozo negro, un pozo sin fondo.
      Cuando despertó, era de día y manejaba su cupé por un polvoriento camino de tierra y pedregullo hacia una bifurcación donde un par de carteles indicaba la entrada y la salida a Old Town. Las tres ardillas que estaban en el árbol lo miraban y reían.
     
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Martes
      
   
      Phil tomó el camino de la derecha —“Old-Town, Entrada”— sin detenerse ni dudar.
      El reloj del tablero marcaba las 13. El día era el martes 17 de abril. Phil tuvo la sensación de haber vivido aquella situación con anterioridad (¿déjà-vu, la llamaban?).
      Entonces le pareció recordar (o tal vez lo imaginó —como imaginaba tantas cosas) a tres ardillas —como las que acababa de cruzar—, un brillo —como el de un espejo—, y el golpe de su cabeza contra el volante.
      Estaba buscando en el espejo retrovisor un chichón en su frente en forma de “B” cuando, detrás del espejo —y del parabrisas de su cupé—, una mancha marrón creció rápidamente. El tronco de un árbol se le fue encima, y un golpe seco contra el volante —seco como el clima de aquella mañana campestre— lo desmayó.
      Atardecía. Comprobó en el espejo que la “B” de color rosa azulado estaba ahí (¿otra vez?), y empezó a caminar hacia el pueblo.
      Y luego: hotel viejo, viejo medio muerto en la recepción, habitación crujiente —incluidas mantas y huesos— y pozo negro (sin fondo, como el pozo de los sueños).
   
   
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Miércoles
      
   
      Cuando despertó, Phil manejaba su cupé por el sendero de polvo. Al llegar a la bifurcación, tuvo la certeza de que la situación se repetía por segunda vez (“ya no un déjà-vu”, pensó, “sino un déjà-déjà-vu”). El primoroso reloj indicaba las 13 del miércoles 18.
      Tomó el camino que se abría a la derecha —aminorando la marcha por precaución. Tuvo el cuidado de no encender un “Dromedar” —aunque sentía que lo necesitaba desesperadamente (“como sólo se necesita lo innecesario”, pensó). Tampoco buscó el extraño chichón en su frente (nada debía distraer su atención del camino). Su meta era llegar a Old-Town y encontrar a la vieja que le había enviado aquella carta enigmática junto con el dinero del sustancioso anticipo.
      A Phil le parecía que el trabajo no requería de un detective, pero lo había aceptado para pagar el alquiler atrasado de su departamento. Si le sobraba algo de dinero, se obsequiaría una suculenta cena en un buen restaurante. (Phil estaba un poco cansado de comer en lo de Luigi —aquél de “El caso de la mujer des-aparecida y las ventajas de la comida casera”—, que ahora tenía una nueva mujer: Sofía. A Phil le parecía que —al igual que la anterior, Madalena— ésta también lo engañaba con alguno de los proveedores —esos que siempre proveían, pensaba Phil. Y también pensó que Luigi debería dedicarse menos a las pastas y más a la carne —o tal vez la cuestión era que, simplemente, le gustaban así: engañadoras —“¡Engañadoras, qué buen título para un bolero!”, volvió a pensar.)
      Tres ardillas se cruzaron en su camino. Sus brillantes reflejos (ahora sin necesidad del encendedor pulido) fueron más rápidos que su voluntad de no desviarse del camino donde un árbol (¿el mismo de siempre?) lo estaba esperando.
      Golpe. Atardecer. Chichón en “B”. Hotel viejo, viejo medio muerto, crujidos y pozo. Fondo, no. Sueño, sí.
   
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Jueves
      
   
      “¡Nada, absolutamente nada, debe desviarme de mi camino!”, pensó Phil. Y nada, absolutamente nada, debía desviarlo del encuentro con la vieja de la carta —cuyo mensaje empezaba a cobrar un vago sentido (además del sentido, menos vago, de haber cobrado por adelantado). Ni brillos, ni encendedores, ni espejos retrovisores reflejando letras “B”, ni brillantes reflejos de conductor.
      Phil iba rígido contra el rígido respaldo de su Backhard —y el reloj marcaba las 13 del día jueves— cuando uno de los neumáticos reventó.
      El ruido del reventón —como el de un disparo— asustó a las ardillas de los árboles circundantes, que salieron corriendo en todas direcciones. Sólo tres permanecieron en su lugar. Lo esperaban, riendo, encima del árbol de siempre que —como siempre— lo esperaba para venírsele encima.
      Otra vez lo mismo, y luego el pozo del sueño.
   
   
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Viernes y sábado (en ese orden)
      
   
      El viernes y el sábado —con algunas variantes— fueron más de lo mismo.
      Un día, el polvo del camino nubló los ojos de Phil; el otro, la dirección de su auto falló.
      El árbol y las ardillas siempre estaban allí, esperando y riendo.
      El reloj del tablero de madera marcaba siempre la misma hora: las 13.
      Una de las noches, el viejo no estaba en su puesto y Phil había tomado la llave de la habitación número 13 por su cuenta. La otra, el bigotudo le había entregado la llave de la habitación 1313 diciéndole que era la única disponible (las otras habían sido tomadas por una silenciosa partida de cazadores de ardillas). La 1313 era una réplica exacta —en aspecto y crujidos— de la número 13 —que Phil ya conocía como la palma de su mano (bastante mejor, en realidad, ya que no miraba con frecuencia la palma de su mano).
      Lo demás, igual: pozo sin fondo, sueño sin sueños.
   
   
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Domingo
      
   
      El domingo lo encontró —una vez más— rumbo a Old-Town. Cuando llegó a la bifurcación, sin pensarlo, giró bruscamente hacia la izquierda. Anduvo unos pocos metros por el sendero de pedregullo —y unos pocos más por el sendero de pasto— hasta que entró en el prado verde que se abría a continuación, entonces Old-Town apareció ante él como detrás de una niebla. Parecía un espejismo, ondulante, vibratorio —como algo visto debajo del agua o a través de las reverberaciones del calor del desierto. Era la primera vez que veía Old-Town de día. No sólo era un pueblo viejo, parecía abandonado.
      En la recepción del hotel no había nadie —vivo o muerto. Subió al primer piso por las escaleras crujientes. La habitación número 13 (al igual que todas las demás —que eran una réplica exacta de ella) estaba abandonada. Vidrios rotos, camas desvencijadas y sin colchón, alfombras raídas, tablas del piso peligrosamente sueltas.
      Salió a la calle principal, y buscó la casa de la vieja de la carta. Lo que encontró fueron unos restos a punto de derrumbarse. Los yuyos del jardín, secos; los tablones del frente, desclavados; la puerta de entrada, entreabierta y con las bisagras vencidas, sin cerradura ni picaporte. (Nadie podía vivir allí, ni siquiera un fantasma, pensó Phil.)
      Las casas de la vecindad —las contiguas, las de la vereda de enfrente, y las que se podían ver desde allí— estaban en las mismas condiciones (desacondicionadas, pensó).
      Parado en el sendero de entrada que atravesaba el jardín de yuyos secos al frente de la casa, Phil decidió que no había nada que hacer allí. Paseó por última vez su mirada por todo aquél abandono, y dio media vuelta para regresar a su cupé.
      El rabillo de su ojo percibió —o creyó percibir— un reflejo tenue detrás de una de las ventanas de la planta superior. O tal vez era el brillo de su encendedor con el que —esta vez sí— encendía el ansiado “Dromedar” (“tan refrescante como un sorbo de agua en el desierto del dibujo del paquete”, pensó —sin duda, tendría que contactarse con la agencia de publicidad de la empresa tabacalera).
      Los neumáticos de la cupé levantaron una nube de polvo, como una estela color tabaco, detrás de Phil y su frustración. El humo de su cigarrillo —como una de las larguísimas estolas de Isadora Duncan— se enredaba inofensivamente en las ruedas de su Backhard (la de Isadora se había enredado en las de la Bugatti de su amigo, y aquello le había costado la vida).
      Phil continuó por la calle principal —tal vez la única del pueblo. Por su lado pasaron casas a punto de derrumbarse —como la de la vieja—, jardines baldíos y polvorientos —con arbustos pinchudos y árboles secos—, una herrería derruida, y un establo destartalado (desestabilizado, pensó Phil). Un sendero de pedregullo lo llevó hasta la bifurcación. Transitaba, en sentido inverso, el camino de entrada.
      Pasó frente al árbol con el que había chocado (que lo había chocado a él, pensaba Phil) seis veces. “La séptima es la vencida”, se dijo —recreando el dicho popular.
      Dejó atrás los carteles de “Entrada” y “Salida”, y le pareció ver por el espejo retrovisor, detrás de la nube de polvo, a las tres ardillas de siempre que, sobre el árbol que bordeaba el sendero de la izquierda, lo señalaban y reían chillonamente. Pero Phil ya no las oía.
      Recorrió el camino de vuelta a L.A. sin sorpresas ni contrariedades (ni brillos, ni reflejos, ni reventones, ni ardillas cruzándose por delante). Sólo una víbora muerta en medio de la ruta que —un auto primero y muchos después— habían pisado antes que él. O tal vez era sólo la piel que una serpiente en apuros había abandonado con rapidez al ver que un auto, o un camión, se le venía encima. (Qué interesante sería si uno pudiera hacer lo mismo, pensó Phil.)
      Decidió pasar por su oficina, antes de ir a su casa, para recoger la botella de whisky que guardaba en uno de los cajones del archivero (a diferencia de todo lo demás que guardaba en esos cajones, el whisky era lo único que mejoraba con el tiempo —tal vez por eso le gustaba).
   
   
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Epílogo
      
   
      Abrió la puerta de vidrio de su oficina —aquella en la que había pensado poner “sin-vestigador y des-tective privado”— y entró sin encender la luz. Sacó la botella del cajón del archivero, y se prometió tirar todo aquello en los cajones que no mejorara con el tiempo.
      La carta de la anciana (ya que había fracasado en su misión al menos volvería a referirse a ella con respeto) estaba sobre su escritorio, junto al sobre abierto.
      El papel era amarillento y apergaminado. En una caligrafía antigua y elegante (escrita con una de esas plumas que se mojan en un frasquito de tinta —de olor profundo y alcohólico) se podía leer —aún en la penumbra— lo siguiente:
      “Me llamo Mary Hopkins Appleton Smith. La gente —y en especial mis nietos— me conoce como “Granny Smith” —tal vez por mi afición a comer manzanas de esa variedad.”
      “Soy una mujer muy mayor. En primer lugar, por mi edad avanzada y, en segundo, por ser la viuda de un Mayor del ejército —unos años menor que yo.”
      “Deseo contratar sus servicios para que me saque de este pueblo. Por motivos que no puedo revelarle, me resulta imposible hacerlo por mi cuenta.”
      “Vivo en una casa de mi propiedad, ubicada en el número 13 de la calle principal de Old-Town.”
      La carta estaba fechada un viernes 13 de abril de 1898 —lo que Phil había atribuido a un error tipográfico, o a cuestiones de la memoria (la falta de ella) de la venerable anciana (ya no más “vieja”).
      Del sobre abierto asomaba la punta de un fajo de billetes verdes. Eran 1.200 dólares de dinero Confederado, anterior a la Guerra de Secesión, que ahora valdrían una fortuna para coleccionistas y museos.
      Era un precio demasiado alto (una recompensa inmerecida, pensaba Phil) por un trabajo —otro más— que no había podido completar.


Douglas Wright


sábado, 22 de febrero de 2014

5. Lágrimas oscuras sobre la loza blanca





5. Lágrimas oscuras sobre la loza blanca


I'm talkin to the shadow one o'clock till four,
And Lord, how slow the moments go and all I do is pour
Black coffee since the blues caught my eye;
I'm hangin' out on Monday my Sunday dreams to dry.

(“El tiempo pasa lento y todo lo que hago es servirme café negro...”)

(“Black Coffee”, del repertorio de Sarah Vaughan)


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El “Hector” (sin acento en el original)
      
   
      Eran las primeras horas de la tarde. Phil Martin estaba sentado en uno de los reservados del “Hector”, un Bar al que le gustaba ir solo (a pensar en los amigos que nunca había tenido y en las mujeres interesantes —morenas, atractivas, y muy, muy ricas— que nunca había conocido).
      Había sólo dos personas en el Bar además de él (que —a pesar de todo— seguía considerándose una).
      Uno, el borracho de siempre —de ése y de todos los bares. Estaba sentado en el extremo de la barra próximo a la puerta de entrada —que era doble, de vaivén, con grandes cristales biselados en los que había grabada una “H”. Hablaba solo —como lo hacía habitualmente— pero hoy no se respondía. (Tal vez la mitad que solía responderle ya estuviera durmiendo la mona.)
      El otro, un vendedor ambulante —de los que van de puerta en puerta ofreciendo sus productos. Había apoyado sobre una silla la valija con las muestras de uno que nadie necesitaba. No hasta que él se presentaba y les hacía notar a ellas —o ellos— que lo que les ofrecía era único e indispensable, que ellas —o ellos— lo habían necesitado siempre, aun sin saberlo, y que sus vidas —las de ellas y ellos— ya no podrían continuar igual sin él. El producto era infaltable, imprescindible, inigualable. ¡Era increíble! Sentado apenas en el borde de la silla —casi sin apoyarse en ella—, erguido, tenso, revolvía nerviosamente un té con limón. La cara, amarga.
   
   
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Beber o no beber
      
   
      El mozo, que se había acercado silenciosamente —sigilosamente— a la mesa de Phil, lo miraba con seria neutralidad. Había vertido, en el recipiente que Phil tenía delante de él, una pequeña cantidad de líquido oscuro —un cuarto de pocillo, aproximadamente, que era lo que se acostumbraba en ese tipo de procedimientos.
      Phil tomó el recipiente por el asa, con cuidado, para no alterar la temperatura del líquido en cuestión, lo agitó suavemente y lo acercó a la luz —que provenía de una tulipa en forma de flor en la pared de su reservado— para apreciar todos los matices (¿debido a Matisse?, se preguntó Phil) del líquido oscuro.
      El líquido se veía límpido, brillante, sin elementos de turbidez. De no haber sido así, Phil lo hubiera devuelto, retirándose del lugar inmediatamente. Por supuesto, Phil jamás hubiera vuelto por allí.
      Giró levemente el recipiente de manera que se produjeran unas pequeñas chorreaduras, denominadas lágrimas, sobre la superficie interna de la loza —que debía ser, siempre, indefectiblemente blanca. (Phil jamás hubiera bebido el líquido en cuestión en un recipiente de color: blanco, sólo blanco, y nada más que blanco —un poco en el tono de esa verdad que había jurado decir atestiguando en algún juicio.) De acuerdo a la separación de las lágrimas que caían, Phil podía determinar la procedencia: cuanto más separadas unas de otras, de más al sur del continente era el producto (de Colombia o de Brasil, por ejemplo, o de Guatemala, Costa Rica, Honduras, Ecuador, Venezuela...). El que le habían dado a probar era —casi con seguridad— de Brasil.
      Phil continuó con la verificación bajo la mirada paciente y respetuosa del mozo —que seguía cada paso del procedimiento como quien mira a un artista en plena labor. Apoyó la base de la nariz sobre el borde del recipiente, y aspiró profundamente. El golpe aromático subió por las fosas nasales y recorrió los rincones más profundos —y más íntimos— de su cerebro. Dio algunas vueltas y luego, con un cosquilleo, se instaló en la parte de atrás de su garganta. Apareció frente a él la imagen de una selva tropical, verde, exuberante; una bandada de papagallos multicolores levantó el vuelo con un bullicio ensordecedor (hasta aquí, podría tratarse de cualquier selva sudamericana); y, con una playa de arena blanca como telón de fondo, empezaron a sonar los acordes de “Garota de Ipanema”. Eso sí lo confirmaba: ¡Brasil!
      Ahora llegaba el momento más importante de la operación —tan esperado y tan temido a la vez. Llevó el recipiente blanco —inmaculado— a los labios, y tomó un sorbo pequeño. Aspiró un poco de aire por la boca para hacerlo burbujear (algo que podía parecer un gesto de mala educación), y dejó que el líquido se abriera camino, lentamente, en el interior de su boca (como buscando su destino, pensó Phil). Entonces las sensaciones se potenciaron al máximo. Phil se concentró en la lengua —donde percibió los sabores básicos—, y luego en el resto de la boca —donde una infinidad de matices sutiles invadió todo su paladar. Aquél era el punto culminante en el que el sabor se volvía uno con el aroma, y el líquido revelaba su más íntimo secreto: el bouquet.
      Phil estaba con el recipiente en la mano —los ojos cerrados, concentrado, absorto. Nada en su aspecto o en sus gestos indicaba aún el veredicto. El semblante del mozo pasó de serio-neutro a serio-preocupado. Con Phil, la cosa era sumamente delicada, y jamás se podía estar seguro. Había echado por tierra el prestigio de más de un local respetable —ése era un riesgo que se corría con él.
      Depositó lentamente —delicadamente— el pocillo sobre el pequeño plato que estaba frente a él (que, seguramente, esperaba tan inquieto como el mozo el resultado de la degustación). Entonces Phil abrió los ojos y los fijó en los del mozo. Una sonrisa imperceptible —que tal vez no lo fuera— se esbozó en su boca cuando finalmente dijo:
      —El café está bueno, Luis. Sírveme uno doble. Negro. Sin crema ni azúcar.
      —Por supuesto, señor Martin, como siempre —contestó el mozo. Debajo de su apariencia serena, algo en él había renacido.
      Llenó la taza de Phil (del señor Martin) con una enorme cafetera metálica —que tenía un mango de madera que le permitía manejarla hábilmente con leves giros de muñeca—, y se retiró tan silenciosamente como se había presentado.
   
   
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Epílogo
      
   
      El vendedor de imprescindibilidades se retiró —apurado— para continuar con su recorrido.
      El borracho cayó desmayado sobre la barra —volcando todo lo que tenía por delante.
      Una mujer morena, atractiva —y con apariencia de ser muy, muy rica—, se sentó en la mesa contigua a la de Phil, dando señales evidentes de querer entablar —al menos— una conversación.
      Pero Phil no registró nada de aquello: tomaba su café (sólo tomaba su café, y nada más).    
   
   
      Douglas Wright


martes, 18 de febrero de 2014

4. De llamadas equivocadas, polillas, y la sana costumbre de no contestar el teléfono





4. De llamadas equivocadas, polillas, y la sana costumbre de no contestar el teléfono


“The winds of March that make my heart a dancer
A telephone that rings but who's to answer?
Oh, how the ghost of you clings
These foolish things remind me of you.”

(“El teléfono suena pero ¿quién lo ha de atender?”)

(“These Foolish Things”, del repertorio de Frank Sinatra)


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Actividades matutinas


      Era una mañana tranquila. Phil se entretenía mirando cómo una polilla del tamaño de una bola de naftalina se paseaba por el borde de su escritorio. Hacía media hora que estaba dedicado a aquella in-actividad. Había una cierta cualidad hipnótica en aquél ejercicio (como en aquellas técnicas orientales de meditación que intentaban vaciar la mente mediante la observación fija de un imaginario punto blanco). De este modo Phil se sustraía —al menos por un rato— de la tensión a que lo sometía su profesión de investigador privado (privado de investigación, por el momento).
   
   
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Teléfono silencioso
      
   
      Hacía mucho que no resolvía un caso. Hacía mucho que no se le presentaba un caso para resolver —ni siquiera de aquellos que abandonaba por la mitad o rechazaba de entrada (de salida, mejor dicho).
      El teléfono no había sonado en mucho tiempo —empecinado en un mutismo de plástico negro. (Un ejemplo para los charlatanes que abundaban en todos lados, pensaba Phil —en la radio, en la televisión, en la política, en la religión...)
      La silla destinada a los clientes había juntado tanta tierra que Phil creía poder cultivar —con cierta probabilidad de éxito— alguna variedad enana de tabaco, y ahorrar así una parte del (muchísimo) dinero que gastaba en cigarrillos.
   
   
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Bullicio para oídos y narices


      Por la ventana abierta subía el ruido de Cahuenga Avenue como si una orquesta absurda de autos animados (como aquél de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, por ejemplo), tocando pitos y cornetas, entre chirridos de gomas y frenadas, estuviese dando un concierto desconcertante debajo de su oficina. El humo de los caños de escape reemplazaba el olor a encierro (“en la variedad está el gusto”, rezaba el dicho popular).
      Al fondo, detrás del aire contaminado, y más allá de los caseríos de lata del “Barrio Latino” (¿se llamaría así por eso?), se alzaban las crestas del “Cerro de Las Anguilas” (nombre que padecía de ciertas contradicciones internas), y del “Cerro Mayor” (que era el menor de la cadena montañosa a la que pertenecía, pero había sido escalado por un Mayor del ejército, y obtenido así su nombre). Podían haber estado en otro lado —o no haber estado en absoluto—, el aire era tan espeso que era imposible verlos.
      No soplaba ni una gota de viento (a Phil siempre le había llamado la atención aquella expresión en la que confluían lo líquido y lo gaseoso). El tufo de la ciudad —un cóctel sutil de monóxido de carbono, frituras baratas, excrementos de perros y orines de gatos, y fermentos dulces de las cloacas semi-tapadas por las hojas caídas de los árboles el otoño anterior— estaría rondándolos —a Phil, a su polilla, y a todos los habitantes de Las Anguilas— hasta la próxima lluvia. Una verdadera porquería.
      De repente (¿de qué otro modo, si no?) sonó el teléfono. Una nubecita de polvo se levantó del aparato negro como si fuera la representación visual del sonido que emitía (lo único que faltaba era que pegara un salto en el aire y se agitara hacia los costados como en los dibujos animados —de esos que Phil veía siempre que podía llegar a su casa a la hora de la merienda). Ésa —llegar a su casa a la hora de la merienda— había sido una de las causas de que abandonara casos, o directamente no los tomara (en especial, si se enganchaba con alguna historia que continuaba día tras día, de la que no quería perderse ni un solo episodio).
      Había pensado grabarlos, y mirarlos tranquilamente al llegar a su casa por la noche, después de cenar en lo de Luigi’s (un restaurante que había vuelto a frecuentar desde que la esposa de Luigi —esa que lo había querido asesinar con la comida envenenada— se había vuelto a escapar con el proveedor de embutidos, para no regresar más), pero Phil no se llevaba bien con los botoncitos, con los controles, y con los programas de las grabadoras de video.
      Pero volvamos al teléfono. Estaba sonando sobre el escritorio polvoriento —como todo lo que había en su oficina (incluido él mismo)— emitiendo sonidos extraños, un poco roncos y disfónicos (dis-telefónicos). Parecía que la campanilla se había olvidado —debido al prolongado silencio— que su idioma estaba compuesto por sonidos como “RIIING” y “DING”, y no “BRÜÜNJ” o “GLUPF”. O tal vez el óxido había cambiado el timbre de su voz.
      Lo que también voló por el aire —junto con el polvo del teléfono— fue la polilla de Phil, aquella que tan pacientemente (con una paciencia de sabio oriental) venía observando como a un imaginario punto blanco.
      En su mente en blanco —como aquél punto imaginario— se instaló —igual que un punto negro— el mal humor. Ése era uno de los riesgos de dejar la mente en blanco: a veces se llenaba con cualquier porquería.
      Ya le había ocurrido antes —abstraído frente a los soldaditos de plomo desplegados sobre el tablero de ajedrez, o frente a la Gatúbela de plástico (modelo Pfeiffer, con látigo y todo)—, su mente en blanco, vacía, relajada, se había llenado con los gritos de las discusiones de los vecinos del departamento contiguo; con las frituras que subían del boliche de la planta baja (que hacía el peor pescado frito de toda la ciudad); o con el ruido de los autos de los adolescentes que corrían carreras por la “Avenida de La Costa” (en español en el original).
      Dejó el teléfono sonar diecisiete veces (o cuarenta y seis, ya no lo recordaba) mientras se servía un vaso de whisky de la botella que guardaba en la cajonera del archivo. “Que espere, quienquiera que sea”, pensó. (Después de todo, había espantado a su polilla y se lo merecía.)
   
   
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Las rubias que fueron
      
   
      Se sentó en su sillón destartalado y se puso a pensar en qué tipo de rubia sería la que llamaba a esa extraña hora de la mañana (eran las 9:57 A.M.).
      ¿Sería una rubia lánguida, anémica, como Hellen Hampshire?, aquella de “El caso del caballo de carreras extraviado de Lord Sussex de Essex” (el caso con más “eses” y “equis” en el que había trabajado).
      ¿O sería una rubia agresiva, como Katrin Krustoff?, a quien había conocido en Praga mientras trabajaba en “El caso de la calle robada” (aquél en el que una banda de traficantes de arte había robado una calle entera, de punta a punta, con edificios históricos y todo).
      Tal vez la que llamaba era una rubia seductora, como la secretaria (muy ejecutiva) del director de los estudios “Golden-Wyng-Brothers”. La había conocido cuando intentaba recuperar un rollo de película pornográfica que había filmado en su juventud (como lo habían hecho tantas famosas de Hollywood) la actriz que estaba protagonizando el film que los estudios rodaban en ese momento: ”La nana blanca y los diecisiete hijos del Capitán”. (Un musical lacrimógeno y moralizante, pensaba Phil.) Lauren Anderson había sido muy generosa con él (como lo había sido con casi todos los del estudio —y los demás estudios también).
      Tal vez fuese una rubia vulgar la que lo llamaba, pequeña y activa como la hija del panadero de “El caso (sin resolver) de las masas dulces saladas y el pan que no leudaba”. Había sido un asunto de sabotaje industrial, en medio de la lucha que mantenían las dos mega-panificadoras de L.A. por el monopolio de la industria del pan y su distribución en todo el estado —y en todos los estados: crudo, cocido, tostado, entero y en rebanadas.
      Lala D’Angelo y él habían comido masas finas —y gruesas— desnudos sobre las vitrinas de la panadería, en los horarios en que permanecía cerrada al público; se habían revolcado sobre la masa lista para hacer el pan —salándola con el sudor de sus cuerpos enardecidos—; y habían hecho el amor —como quien hace la guerra— al calor del horno de leña que permanecía encendido —como ellos— toda la noche, sobre la tabla enharinada de la pesada mesa de madera.
      Sabía que no podía ser (la “no-vegetal”) Glenda porque estaba de viaje por alguna selva sudamericana (de las que iban quedando pocas, pensaba Phil), realizando, junto con el doctor Wilkins, un estudio de campo sobre las “bromelias” (la relación entre aquella planta y la índole de los bromas que hacían los habitantes de L.A. era el asunto de su investigación). Así se lo había hecho saber en una postal que —lamentablemente— mostraba la selva tropical, y no a la exuberante Glenda.
      Por fin, levantó el receptor.
      Del otro lado de la línea se escuchó un sonido hueco (como el de los caracoles que, siendo un niño, encontraba en la playa), y luego una voz cascada que preguntó:
      —¿Hablo con el “Instituto Geriátrico Última Alegría”?
      Era una llamada equivocada —lo mismo que las últimas cientoveintisiete. Phil lo sabía con exactitud porque llevaba la cuenta en una libreta de tapas duras. Se había prometido elevar una queja formal antes de llegar a las doscientas. Y eso haría.
   
   
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Epílogo


Phil pasó las siguientes cientoveintisiete horas de su vida haciendo trámites en las oficinas de la empresa telefónica de L.A. —Las Anguilas Telephone & Telegraph Company— a razón de una hora por llamada equivocada. Al llegar a su departamento —cinco días y siete horas más tarde— se preguntó si aquello había valido la pena. Phil Martin siempre se hacía preguntas para las que no tenía respuesta. Phil Martin era —y aún es— así.
Mientras se preparaba un trago largo —ancho, y profundo— en la enorme copa de plata que había obtenido como trofeo en un torneo de badmington, el teléfono comenzó a sonar de repente, como lo hacía en su oficina.
Phil se sumergió plácidamente en el sillón que estaba frente a la mesita ratona y comenzó a jugar con los soldaditos de plomo sobre el tablero de ajedrez.
Tenía por costumbre no contestar el teléfono de su casa.


Douglas Wright


sábado, 15 de febrero de 2014

3. Las botas del botánico y el aspecto positivo de la deshidratación





3. Las botas del botánico y el aspecto positivo de la deshidratación


       Ginger Rogers le pega un sonoro sopapo a Fred Astaire cuando él  le propone matrimonio, y luego se marcha enojada. Fred se acaricia la mejilla y exclama radiante:
       —¡Me ama!
     
       (Fred Astaire y Ginger Rogers —entre baile y baile— en “Sombrero de copa”)


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Parque verde versus “Green Environmental”


      Frisbee Wilkins —el “doctor” Frisbee Wilkins— era un botánico (un “botanista”, como diría un personaje de una serie de televisión mal doblada —o un “botanicista”, si el doblaje fuese muy malo). Tenía su lugar de trabajo dentro del Parque Botánico de L.A. (que antes se había llamado “Parque del Sauce”, y que la nueva administración municipal había rebautizado como “Green Environmental Resource & Research Center”). No dejaba de ser —cualquiera fuese su nombre— un gran espacio verde lleno de plantas (muchísimas) y de árboles (altísimos), algunos centenarios (más que aquél pan de centeno de la hamburguesa de “El caso de la mujer des-aparecida y las ventajas de la comida casera”). Un lugar lindo, lleno de energía, en el que Phil solía dormir alguna que otra siesta en las calurosas tardes de verano.
      Era precisamente una de tarde de ésas —no porque Phil durmiese la siesta sino porque hacía muchísimo calor, y era verano. Estaba parado en la galería de entrada de un edificio de estilo colonial (de la época en que el lugar se llamaba ”Parque del Sauce” y no “Green Environmental, etcétera”) que era parte del remoto pasado español, allá en la pre-historia de Las Anguilas. Un pasado que nadie parecía recordar. Un pasado que todos hacían un gran esfuerzo por olvidar. Un pasado que nadie —salvo Phil— tenía presente.
   
   
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Algo no tan verde
     
   
      Las paredes eran de estuco blanco (Phil pensaba que el estuco debía ser rojo —por aquello de “es tuco”— pero sabemos que Phil pensaba cosas que no debía pensar).
      Dio tres golpes secos —seguramente debido al clima característico de L.A. en verano— con un llamador (un “llama-door”, pensó él) de un metal blanco que parecía plata —pero que no debía serlo o no hubiese durado hasta ese momento colgado del marco de la puerta. Era pesado y tenía labradas unas hojas de estilo recargado. El llamador no tenía nada que ver con el edificio, aunque sí con la actividad que se realizaba en él: allí funcionaban las oficinas del doctor Wilkins y el equipo de botánicos (y “botanistas”) que trabajaban para el “Green Environmental...”, ex “Parque del Sauce”.
      Estaba con la mano sobre el llamador, a punto de golpear por cuarta vez (cada vez que sonaban esos “toc-toc-toc” Phil se sentía como un juez y le daban ganas de decir “silencio en la sala”), cuando una mujer joven abrió la puerta.
      Aquí podríamos describir la hermosa puerta de algarrobo labrado al modo colonial, pero preferimos describir a la mujer que la sostenía abierta.
      Era rubia, pequeña y rellenita (“redondeadita”, pensó Phil), y contrastaba agradablemente con la vegetación del parque. Vestía un guardapolvo blanco sin abrochar, sandalias de cuero crudo de estilo Franciscano (aunque Phil pensaba que los padres Franciscanos hubieran tenido serios reparos en admitirla en su orden sólo por las sandalias), unas bermudas de tela de vaquero que estaban a punto de perder la lucha por contener sus redondeces, y una remera rosa, ajustada y escotada en “v” (un poco como aquellos pulovercitos ajustados de “cashmir” que Lana Turner —¿la llamaban así por los pulóveres?— usaba directamente sobre la piel, allá por los años cincuenta). Contenía las dos cosas (siempre venían en pares) menos vegetales que Phil hubiera visto jamás.
      Mientras luchaba por levantar la mirada de la parte inferior de la “v” del escote, su mano derecha continuaba aferrada el llamador de metal blanco.
      Los ojos de la joven fueron de los ojos de Phil al llamador de metal. Posándolos nuevamente en los de Phil, dijo:
      —Si le gusta tanto puedo hacer que se lo envuelvan para regalo.
      —¿Qué? —balbuceó Phil.
      —El llamador —dijo la rubia, mirando la mano de Phil.
      Recién entonces Phil notó que su mano —como si fuera algo que no le perteneciese— aún lo sostenía. Sorprendido, lo soltó de golpe (¿de qué modo si no, siendo un objeto cuya función era precisamente esa?). El llamador dio un último “toc” desganado, y quedó inmóvil sobre su cuna de metal.
      —¿El doctor Wilkins? —dijo, recuperando algo de su compostura (que nunca había sido mucha, de todos modos).
      —No, soy Glenda —respondió la joven.
      —Me refiero a que deseo ver al Doctor Wilkins —Phil aún le hablaba a la “v” del escote.
      —Al parecer,  no es lo que “sus ojos” desean ver —dijo Glenda, esta vez paseando la mirada desde su escote hasta los ojos de Phil.
      —Perdón —dijo Phil, con voz quebrada—. Hace mucho que no—... se disponía a explicar, cuando un sonoro sopapo lo interrumpió.
      —Pase—dijo Glenda, con la mano del sopapo todavía en el aire—, el doctor lo está esperando.
      —Gracias —dijo Phil, frotándose la mejilla en la que cinco diminutos dedos se empezaban a dibujar en rojo.
      —Fue un placer —respondió Glenda.
      Phil pasó delante del escote con sandalias que sostenía abierta la pesada puerta de madera de estilo colonial mientras detectaba en Glenda cierta cualidad frutal (“pomelos”, pensó).
   
   
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Un hombre para los nombres (todos verdes)
     
   
      Frisbee Wilkins (el “doctor”) no tenía cualidades frutales; su aspecto era —más bien— todo lo opuesto al de Glenda.
      Era un hombre —para empezar— alto, delgado, con anteojos de enormes cristales que todo el tiempo reflejaban alguna luz blanca (ocultando los ojos grises que había detrás). Nariz aguileña —grande, pero no demasiado. Pulcro de autoclave. Guardapolvo blanco —crujientemente almidonado— sobre un traje gris oscuro con finísimas rayas blancas del que sólo se veía la parte inferior de los pantalones por debajo del guardapolvo. La chaqueta colgaba de un perchero de madera oscura —también de estilo colonial— que descansaba en un rincón de la oficina. (Glenda le gustaba más, mucho más, pensaba Phil.)
      Frisbee le tendió una mano, no para estrechar la de Phil (la relación entre ambos no llegaría a ser tan estrecha) sino para indicarle —con un gesto que le pareció un poco autoritario, aunque no descortés— la silla en la que debía sentarse. El doctor se sentó del otro lado de un gran escritorio de madera (sí, también oscuro, y también colonial) como para indicarle, con su ejemplo, lo que esperaba que Phil hiciera en la silla que estaba de su lado. Un sutil juego de lenguaje corporal que Phil ignoró por completo quedándose de pie junto a la ventana. (“Uno a cero”, pensó Phil mirando a Wilkins hablarle desde abajo y con el cuello torcido.)
      Luego de unas pocas palabras de presentación, éste lo invitó a salir. Caminaron por un sendero que se internaba en el corazón del parque —un corazón metafórico, por supuesto, ya que todo en él era estrictamente vegetal. Parecía el sendero de un bosque. Los árboles eran muchísimos y variados, y aquellos que para Phil eran tan sólo “arboles”, en boca de Frisbee se convirtieron en personajes específicos, con nombres propios y características particulares (aunque no tan específicas, ni tan particulares, como las características de Glenda, pensó Phil).
      El aire se llenó de palabras tales como “cedro azul”, “alerce”, “secuoya roja”, “avellano” y “cerezo”. Le contó que existían seiscientas especies de “roble”; que al “haya”, la gente poco instruida la conocía con el nombre de “haiga”; que había una variedad de “pino” denominada “Silvestre”, pero no existía el “pino Tweety” (lo que Phil consideró como un acto de tardía, merecida y reparadora justicia). Le mostró una variedad de “ciprés” —de hojas gruesas, grotescas, que crecían arremolinadamente como un ascendente fuego verde— que había sido mutado tomando como modelo los cuadros de Van Gogh (Phil sintió un poco de miedo). Le aseguró que el “alcornoque” era el árbol más terco de todos, un verdadero cabeza dura. Le señaló el abedul en el que colgó su ropa cierta mozuela, que la había ido a lavar al arroyuelo, de la que hablaba una canción de “Les Luthiers”, un grupo del lejano sur (si es que el sur aún existía, pensó Phil).
      Le dijo que en el parque convivían “fresno” y “castaño”, “álamo” y “sauce”, “plátano” y “nogal”. “Arce”, “araucaria”, “manzano” y “cerezo”... (a Phil le pareció que estaba nombrando la formación de un equipo de fútbol arbóreo).
      Le mostró un “baobab” (como aquél de “El Principito”, pensó Phil), y le señaló un “enebro” debajo del cual un grupo de costureras practicaba con sus agujas.
      Phil ya estaba mareado de tanto nombre y tanta explicación.
      El botánico, entusiasmado, continuó con un montón de nombres que él no había oído jamás: “laburno”, “hicoria”, “zumaque”, “tejo”... (“¡basta!”, pensó Phil en un grito silencioso). La presencia de un imponente edificio de cristal puso fin, al menos por un rato, a aquella enumeración escandalosa.
   
   
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Una jaula de cristal para la selva de Tarzán
     
   
      Parecía la versión transparente del Capitolio, y era casi tan grande como él (al menos eso le pareció a Phil —que era un poco exagerado en sus pareceres). Una inmensa cúpula se levantaba en medio de su fachada rectangular, y estaba íntegramente construído con varillas de metal y paños de vidrio (un paraíso para esas sopranos que hacían estallar copas de champagne, pensó Phil). Había visto el edificio antes, siempre de afuera, y siempre de lejos.
      Entraron por una puerta ubicada en uno de los extremos. Desde allí, el lugar parecía una estación terminal de trenes —inglesa y antigua— colocada por una mano gigantesca encima de la selva de Tarzán.
      El doctor Frisbee retomó sus agotadoras explicaciones en las que sobresalían “microclima”, “temperatura ambiental” y “variedades tropicales”. La cabeza de Phil estaba tan saturada de palabras como esa jaula de vidrio lo estaba de plantas. (El tipo no sólo tenía dedos verdes, ¡también tenía verde el cerebro!)
      Allí cada “bicho” —ya que eso parecían los especímenes que había en el lugar— tenía un cartelito con su nombre. Con dos nombres, en realidad. Arriba, uno incomprensible, escrito en letras mayúsculas y lleno de “X”, “Y” y “V”, con palabras que terminaban en “UM” y en “IS” (los nombres en latín, pensó Phil). Debajo, entre paréntesis, uno que él sí podía entender (más o menos).
      Ni bien entró, un helecho le acarició la mejilla del sopapo (a Phil le pareció que el helecho le sonreía pícaramente, y volvió a pensar en Glenda —la “no-vegetal” Glenda).
      Una gran variedad de “musgos” y “líquenes” se extendía por las paredes de vidrio interrumpiendo la entrada de la luz y generando sectores umbríos, misteriosos.
      Le llamó la atención la gran cantidad de nombres que hacían referencia a los animales: “cola de caballo”, “uña de gato”, “diente de león”. (“¡El reino vegetal entra en contacto con el mundo animal!”, pensó, y en su mente se dibujó el gran titular de un periódico amarillista —el “Botanical Times Review”, el “Saturday Evening Plants” o el “Green Globe”, por ejemplo— anunciando la noticia en letras de catástrofe.)
      Cuando llegaron a las “orquídeas”, Frisbee le explicó que existían dieciocho mil especies diferentes (Phil pensó que si las nombraba a todas, él mismo terminaría convertido en una planta).
      Al pasar debajo de las “lianas” Phil imitó el grito de Tarzán, pero Wilkins no pareció entender de qué se trataba —y la educación formal del doctor le impidió preguntar. (Distintas formaciones, distintas culturas, pensó Phil. Recordó a Glenda y volvió a pensar: “Yo Tarzán, tú Jane”.)
      Una red de calles interiores —anchas como avenidas, angostas como pasillos o cubiertas como túneles— los conducían hacia el sector que se hallaba debajo de la cúpula: allí había algo que Wilkins quería mostrarle.
   
   
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Primera deshidratación
     
   
      A medida que avanzaban el calor se iba haciendo cada vez más insoportable —algo que sólo Phil parecía notar. Cualquiera en esas circunstancias se hubiera quitado el abrigo (una gabardina, en el caso de Phil). Cualquiera —claro— menos Phil (y —tal vez— el Humphrey Bogart de “Casablanca”). Aquella prenda (ver “El caso del cuadro robado y la mesa de luz de la Ciudad-luz”) era el símbolo de su espíritu de detective, de investigador privado, de sabueso sagaz. Era lo último que Phil se quitaría (y fue lo último que se quitó).
      En el cruce de las calles “lirio” y “pasionaria” Phil se quitó la chaqueta que llevaba debajo de la gabardina. (Notó al pasar que el “lirio japonés” era igual al “lirio” común, pero amarillo —y no quiso ni pensar cómo sería el “delirio”.) En la avenida de las “rosas” se quitó primero la camisa y luego la corbata (que no lucía nada bien sobre la piel transpirada). Al llegar a la intersección de “geranio” y “amapola” sólo llevaba puestos los calzoncillos debajo de la gabardina que chorreaba agua. Mientras tanto, Frisbee seguía fresco como una lechuga (por usar una comparación a tono con el tono de la historia).
   
   
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Las botas del caso
     
   
      Cuando llegaron al centro del edificio, justo debajo de la cúpula, Phil había terminado por quitarse la gabardina, que llevaba colgada del brazo junto con el resto de la ropa. Su orgullo profesional (de detective sagaz, etcétera) estaba por el piso, y su capacidad deductiva (que nunca había sido mucha) era nula.
      Fue en ese momento que Frisbee Wilkins le dijo sin preámbulo:
      —Las botas del botánico desaparecieron anoche.
      —¿Qué botas? ¿De qué botánico? —preguntó Phil desconcertado.
      —Las botas de Clusius, un botánico del siglo XVI. Eran una reliquia. Estaban en aquella vitrina, bajo llave.
      En el centro del sector de la cúpula, Phil pudo ver un mueble pequeño, antiguo, con puertas de vidrio. Las puertas estaban abiertas y no parecían haber sido forzadas, y adentro no había botas. No había nada, salvo un cartelito igual al que anunciaba los nombres de las plantas, en el que se leía: “Botas de Clusius, siglo XVI”.
      Phil, que a esa altura ya estaba completamente deshidratado, le pidió a Frisbee autorización para llevarse la vitrina a su oficina y allí poderla estudiar exhaustivamente. Le aseguró que su investigación avanzaría más rápidamente si contara con la asistencia de (la glandular) Glenda.
      Wilkins accedió inmediatamente a los requerimientos de Martin. Las botas eran la reliquia más preciada del “Parque” (“Green etcétera”), y su posición en la organización (“Green etcétera”) se vería seriamente comprometida si su desaparición llegaba a trascender (podía imaginar los grandes titulares del “Botanical Times Review” o del “Green Chronicle”: “¡Las botas de Clusius le patean el trasero a Wilkins!” o: “¡Frisbee de patitas en la calle por un par de botas!”).
      El resto fue fácil. Phil encontró las huellas dactilares de una variedad de planta carnívora, una “drosácea atrapamoscas” (de esas que tienen hojas como fauces con las que atrapan a los insectos cerrándolas sobre ellos como una trampa mortal —¡ugh!).
      Al parecer, aquella “drosácea” en particular había desarrollado habilidades que le permitían caminar; había robado las llaves —sin que Frisbee se diera cuenta— metiendo sus hábiles hojas en el bolsillo del guardapolvo del doctor; había caminado silenciosamente sobre la punta de sus raíces —mientras las demás plantas y los cuidadores dormían— hasta la vitrina donde estaban guardadas las botas; las había tomado, se la había calzado, y había huído. Así de simple.
      Phil la encontró a veinte kilómetros de allí, en el Depósito Municipal de Basura de Las Anguilas, dándose una gran panzada de moscas. Había engordado diez quilos.
   
   
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Epílogo (segunda deshidratación)
     
   
      Phil pasó las dos semanas siguientes con Glenda, en su departamento, con el pretexto de que la necesitaba junto a él (debajo y encima de él, en realidad) para asistirlo en la difícil tarea de redactar el informe final —tan lleno de términos técnicos específicos de la Ciencia Botánica en los que Glenda (al igual que en ciertas cuestiones de anatomía) era una experta.
      Cuando finalmente entregó el informe al doctor Wilkins, Phil había adelgazado tantos quilos como los que la planta ladrona había engordado. Atribuyó la pérdida de peso a la deshidratación sufrida en el invernadero, según le explicó al doctor mientras se se despedía de él en la galería de estilo colonial. Junto al llamador de plata, Glenda sonreía.

   
Douglas Wright


miércoles, 12 de febrero de 2014

Un refugio de madera





Un refugio de madera


Para Chachy (Carlos Oviedo),
músico (guitarras, sikus, charangos),
constructor de cabañas (que son un remanso y un abrigo)
y, por sobre todo: amigo.

Letra y música, guitarras y voces: Douglas Wright



Un refugio de madera
es la casa de mi amigo;
una cabaña de palos,
un remanso y un abrigo.

La chimenea, de piedra,
las paredes, de tablones;
guitarras, sikus, charangos
y mantas en los sillones.


Esta cabaña de palos
es un refugio escondido;
un abrigo y un remanso
es la casa de mi amigo.

Maderas en las paredes,
en el techo y en el suelo;
maderas por todos lados
y en las ventanas, el cielo.

Un refugio de madera.


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Canción: Un refugio de madera


martes, 11 de febrero de 2014

Algo como algo



Algo como algo 


1.

Anteojos como miradas,
micrófonos como voces,
vestidos como personas
y jarabes como toses.

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2.

Pensamientos como cosas,
palabras como verdades,
realidades como sueños,
sueños como realidades.

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3.

Plástico como madera,
plástico como metal,
plástico como papel,
plástico como cristal.  


Douglas Wright 


viernes, 7 de febrero de 2014

Un refugio de madera




Un refugio de madera 


Un refugio de madera
es la casa de mi amigo;
una cabaña de palos,
un remanso y un abrigo.

La chimenea, de piedra,
las paredes, de tablones;
guitarras, sikus, charangos
y mantas en los sillones.

Esta cabaña de palos
es un refugio escondido;
un abrigo y un remanso
es la casa de mi amigo.

Maderas en las paredes,
en el techo y en el suelo;
maderas por todos lados
y en las ventanas, el cielo.


Douglas Wright