sábado, 8 de diciembre de 2018

Texturas del mediodía




Texturas del mediodía 

Un sol que lo quema todo
en un silencio implacable
—los fresnos, el paraíso
y hasta el farol de la calle.

Un sol quemante, incendiario,
blanquea todo el paisaje,
y yo, lapicera en mano,
pinto con rayas y manchas
las texturas del follaje. 

Douglas Wright



Las habitantes del cielo




Las habitantes del cielo 

Las habitantes del cielo
—las nubes y las estrellas—
van flotando, van volando
como Pancho por su casa.

Las nubes y las estrellas
—las habitantes del cielo—
a veces, quietas, se quedan
y a veces, rápido, pasan.

Mi mente es una habitante
—como una habitante más—,
una habitante del cielo
dele flotar y flotar,
dele volar y volar. 

El Viejo Now



viernes, 7 de diciembre de 2018

Los papelitos de Douglas


Los papelitos de Douglas

Texturas de la noche. 





jueves, 6 de diciembre de 2018

Los papelitos de Douglas


Los papelitos de Douglas

Aquí van unos “papelitos” versión 2018.

Estos están “tomados” en el Parque Sarmiento,
cerca de donde vivo ahora.




(Si ven a un tipo de barba blanca y sombrero,
con una raqueta de tenis colgada al hombro
—y unos papelitos doblados y una birome
en el bolsillo—, ese soy yo.)



Douglas Wright

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Los papelitos de Douglas


Los papelitos de Douglas

Aquí, sólo las sombras…

La “melodía” se desdibuja, desaparece —casi—
pero las “manchas” de las sombras parecen
tener una coherencia propia, hablar
un lenguaje propio.




(Se me ocurre pensar —en broma— que antes
de admitir a un árbol en una plaza o un parque
—como el Botánico, por ejemplo— le toman
un test en el que le muestran estas sombras
y le preguntan: “¿qué ve?”.)


Douglas Wright


Los papelitos de Douglas


Los papelitos de Douglas  

En algunos dibujos puedo ver la melodía y los acordes.

En otros, los acordes solos.

En estos veo la melodía sola, sin acompañamiento,
como quien silba una tonada. 

Douglas Wright







miércoles, 5 de diciembre de 2018

martes, 4 de diciembre de 2018

Los papelitos de Douglas


Los papelitos de Douglas 

Los papelitos de Douglas, que dibujaba en unas hojas tamaño oficio dobladas en ocho partes (de manera que cada dibujo tenía unos 8 cm x 10 cm, más o menos) que siempre llevaba conmigo en el bolsillo, junto con una birome (Bic negra, de punta gruesa —que ya no existe más, sólo hay una de punta mediana, que es su equivalente, y que sigo, siempre, llevando conmigo) tuvieron su auge, creo (su “época de oro”, digamos) allá por 1987.


Encuentro papelitos fechados en 1985, y en 1995 también, pero ese año, 1987, fue muy intenso.

Yo estaba dedicado —en cuanto a dibujos se refiere— a unas cuantas cosas a la vez.

-- Trabajaba en una empresa publicitaria donde dibujaba de todo, de una manera más o menos “realista” (además de encargarme de las tipografías y de las películas gráficas).

-- Estaba terminando mi segundo libro de humor gráfico (Cosa de Locos, Puntosur), con ese tipo de dibujo “redondito” característico del Jardinero Mágico.

-- Estaba trabajando, con mi amigo Eduardo Abel Gimenez, en una historieta “loca” (El Catálogo), con un tipo de dibujo emparentado con el de Hugo Pratt.

Así que estos papelitos, en ese tamaño chico (tan poco “importante”), que surgían de un modo espontáneo frente lo que se me cruzaba, y, sobre todo, que surgían sin “propósito” (“para nada”, “porque sí”), eran, tal vez, un “descanso” de todo aquello en lo que estaba metido, involucrado, en cuanto a dibujos se refiere.

Eran un descanso, tal vez, porque mi mente se volaba en cada dibujito, en cada paisaje (y mi mano iba para donde ella quería, para donde el paisaje quería —no de un modo automático, sino de un modo espontáneo, como me gusta llamarlo, como me gusta entenderlo.)

Empezaron con la birome, y siguieron con la incorporación de un marcador de punta gruesa (que me permitía hacer sombras muy fuertes, con mucho movimiento —como las que tanto me gustaban en Hugo Pratt).

Así que el combo era: un papel doblado en ocho, una birome y un marcador de punta gruesa.



Por aquella época cultivábamos, con mi amigo Daniel Marino, dos “cosas” (no sé cómo llamarlas —dos principios, dos gustos, dos estéticas…):

-- Una era “me cago en el original”, en el sentido de que el dibujo “original” no importaba mucho (en cuanto a la calidad del papel o la tinta que utilizásemos).

Tanto a él como a mí, la presencia de un papel caro (como una hoja de Schoeller de 150 gramos, por ejemplo, o las plumas y la tinta china de calidad —o los famosos pinceles Winsor y Newton) nos inhibía, nos endurecía, nos “enfriaba”.

Así que dibujábamos donde fuese, con lo que fuese, y después hacíamos una buena fotocopia (lo que no era tan fácil de lograr, en esa época) con los negros bien contrastados.

-- La otra “cosa” era ampliar mucho el dibujo.

Era una época en la que la mayoría de los dibujantes profesionales trabajaba en un tamaño mucho más grande para que el dibujo apareciese reducido en la reproducción, y de ese modo, “emprolijado”.

A nosotros nos gustaba hacer al revés, cambiarle mucho la escala hacia arriba, haciendo como un gran “blow-up”, digamos. Así las “desprolijidades” se acentuaban, los trazos se rompían, aparecía la textura del papel y manchas que habían pasado desapercibidas…

Yo solía llamar a los dibujos hechos en esos papelitos “impresionismo a birome”.

Siempre me había gustado de los pintores impresionistas aquello de “captar el momento” —de un modo rápido, fluido, espontáneo.

Y siempre me había gustado de ellos, también, aquello de retratar “el fondo de su casa” (their own backyard, como dice una canción), es decir, pintar aquello que tenían a mano, a la vista.

Para mí, en aquella época, lo que tenía a mano, a la vista, eran las calles del barrio de Palermo Viejo (rebautizado como “Soho” o “Hollywood”, luego) y del Jardín Botánico (al que, en aquella época, se podía acceder por todos lados).

Ahora, 30 años después, me he reencontrado con estos “papelitos”.

Por un lado, toda mi “producción” actual es (y viene siendo desde hace unos años) “sin propósito”, “porque sí” —y también espontánea, natural— así que estos papelitos han cobrado un sentido más fuerte, más intenso, ahora.

Por otro, con la ayuda del scanner y la computadora, puedo cambiar la escala de los dibujos mejor de lo que lo hacía con las fotocopias, y disfrutarlos y aprecialrlos de otra manera. (Los trazos, las texturas y las luces y sombras de los dibujos de 8 cm x 10 cm ganan mucha fuerza llevados a 20 cm x 25 cm, digamos…)

Demás está decir que ya corrí a la librería de barrio a comprarme un marcador grueso para sombrear los “papelitos de Douglas” versión 2018.



Douglas Wright


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lunes, 3 de diciembre de 2018

En sueños-16, El sueño del pasillo lleno de hojas de otoño


En sueños-16

El sueño del pasillo lleno de hojas de otoño 


Domingo 2 de diciembre de 2018. 


Camino por un pasillo largo, angosto.

El piso está lleno de hojas de otoño.


¡Raro! —porque el pasillo está techado.

Lo camino de ida y de vuelta.

Mis pies, al caminar, se deslizan debajo de las hojas.

Las hojas se deslizan sobre mis pies.


Veo una puerta, del lado izquierdo, cerca de la entrada al pasillo (y, del lado derecho, cerca de la salida, cuando vuelvo).


El pasillo está en penumbras (unas suaves penumbras grises, diría).

Las hojas son de un color —suave también— marrón tostado.

El techo es bajo (y me pregunto de dónde habrán salido —de dónde habrán caído— las hojas). 


Douglas Wright


sábado, 1 de diciembre de 2018

Los papelitos de Douglas


Los papelitos de Douglas 

Los papelitos de Douglas, con los que me reencontré hace poco, son unos dibujitos que hice a mediados del los años ’80 —hasta principios de los ’90, tal vez— en unas hojas de papel tamaño oficio, dobladas en ocho, que solía llevar encima.

Yo llamaba a esos dibujos “impresionismo a birome” y estaban dibujados, en general, con una birome (Bic negra, de punta gruesa), y con unos marcadores de punta gruesa (negros —muy negros— también).

En esos papelitos dibujaba todo lo que se me cruzaba (las plazas y las calles del barrio, por ejemplo…) de un modo espontáneo, natural, caligráfico.

Aquí van. 

Douglas Wright









Una gran plaza de hielo




Una gran plaza de hielo

Acerca de la plaza que vi —viví— en un sueño. 

Una gran plaza de hielo,
una plaza transparente,
una plaza de cristal,
una plaza diferente.

Una plaza refulgente,
una gran plaza de hielo
de un color celeste claro
lleno de blancos reflejos.

Una plaza de otro mundo,
una gran plaza de hielo,
una plaza de cristal
brillante como un espejo.

Una plaza de cristal,
una gran plaza de hielo
donde, mirar hacia el suelo,
es casi lo mismo que
estar mirando hacia el cielo. 

Douglas Wright



En sueños-15, El sueño de la plaza de hielo


En sueños-15

El sueño de la plaza de hielo 


Viernes 23 de noviembre de 2018. 


Vengo caminando por 1, y cruzo la plaza hasta 2.


En 3 y 4 hay un tipo, que primero va hacia la derecha y luego viene hacia la izquierda, paseando un perro (que tal vez hace sus necesidades en el arbolito de la esquina).


Todo el lugar se parece un poco (en cuanto a la ubicación de los elementos) a la plaza que estaba en la esquina del edificio en el que viví hace muchos años.

(Tal vez es esa plaza y ese lugar, pero como en otra dimensión de la realidad —o algo así…).

(En fin, como sucede en otros sueños: es y no es, no es y es.)

La vereda de arriba a la izquierda conduce al edificio en el que viví. La pared de ladrillos (de máquina, claros, parejos y prolijos) que bordea la plaza por el lado derecho corresponde a la escuela (ubicada en la misma manzana de la plaza).

En fin, lo importante en el sueño es la plaza (de la que tengo —como en el caso del sueño del mar como una montaña— sólo un “glimpse”, una visión fugaz —un flash, un relámpago).

Lo de FLASH-RELÁMPAGO está bien porque la visión no sólo es fugaz, rápida, sino brillante, luminosa: ¡rutilante!

¡Una plaza, un rectángulo de hielo!

El hielo es blanco, brillante, con reflejos de un celeste pálido.

No hay nadie por ningún lado —salvo el tipo paseando al perro. (¿Soy yo? Es decir: ¿otro yo? ¿Un yo soñando —caminando por la plaza— y otro yo soñado —paseando al perro para allá y para acá? Podría ser).

A pesar de que la plaza es de hielo, no siento frío.

No hay nadie en la plaza (no sólo no hay gente sino que no hay rastros de ella —como una botella el en el suelo o unos papeles en un cesto de basura, por ejemplo) pero no tengo una sensación “creepy” (ni siento miedo, preocupación o desolación).

El hielo de la plaza es nuevo, limpio, brillante, y su superficie está cubierta por unas formas geométricas —con los bordes redondeados como los de los cubitos de hielo— que parecen de un juego de encaje.


La sensación —aunque fugaz— es la de estar en “un lugar de otro mundo”.

Esas formas —esos volúmenes geométricos— podrían ser los juegos de esa plaza de otro mundo, supongo.


Douglas Wright 

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Con respecto al dibujo de la plaza, dos comentarios:

1. El dibujo está en un estilo “comic” (la plaza de hielo de mi sueño no era realmente así —aunque el dibujo me permite registrar algunos de sus aspectos).

2. Cuanto más trato de precisar los detalles de la plaza de hielo, menos se parece a la del sueño.

Parece que así —nomás— es la cosa.