lunes, 17 de septiembre de 2018

12. Phil Martin y el “latin touch”





12. Phil Martin y el “latin touch”
 

“Bésame, bésame mucho,
como si fuera esta noche la última vez…” 

(“Bésame mucho”, de Consuelo Velázquez)

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¡De todas las Ritas del mundo!… 

Como buen detective privado que se precie de serlo, Phil (Phil Martin, L.A. —Las Anguilas—, California), siempre se liaba con las chicas “malas” (siguiendo, tal vez, la tradición de los personajes de Dashiell Hammett, Raymond Chandler y James M. Cain, entre otros).

Rita Monteros (“Rita” —a secas y entre comillas— para Phil), de origen latino (cubano o portorriqueño —Phil nunca lo supo con certeza), era —o, al menos, eso le parecía a Phil— una cruza entre la Rita Hayworth de “Gilda” y la Rita Moreno de “Amor sin barreras” (con un toque dramático de la Katy Jurado de “A la hora señalada”).  (Lástima que Katy no se llamara Rita también, pensaba Phil.)
 

Un copo de azúcar 

Su “Rita” —nunca de él sólo, claro, como sucedía con las chicas “malas”— era una bailarina del coro del “Sugar Cane Club”, una especie de “Cotton Club” latino (la primera bailarina de la izquierda —Phil pensaba que le iba de perlas esa ubicación).

Phil, que solía hacerse una pasada por el “Sugar Cane…” cuando no había nada interesante en “La jaula de los leones” (el club del que era un habitué incondicional), la había conocido ahí, después de una función y, al poco tiempo, se había liado con ella (“si no había lío, no tenía gracia”, pensaba Phil).

Algunas copas, algunos cigarrillos y algunos amaneceres transcurrieron (siempre con el “latin touch” propio de “Rita”).

Una noche, después de una actuación en el “Sugar Cane…” —y sin que se supiera el motivo—, “Rita” “flew the coop”, “ahuecó el ala”, y no se la volvió a ver por ningún lado: ni en el coro, ni en el barrio latino, ni en su apartamento.
 

El rey del “mambo” 

Phil —dado a fantasear— a veces imaginaba que “Rita” había sido el producto de sus sueños, de sus tragos, y de su soledad de “Private Eye”. Sus amigos del combo estable de “La jaula de los leones” —ese que dirigía el guitarrista Charlie Porter— nunca la habían visto. Lo que sí habían visto, con frecuencia, era a Phil tomándose unos tragos en soledad mientras escuchaba la música de “La jaula…”.

Aunque sabían que Phil no era un tipo “delirante”, compartían con él la sospecha de que, tal vez, “Rita” había surgido, alguna noche, del humo de su Dromedar sin filtro. Y la cosa quedó ahí…
 

Tacones sonoros 

Una noche, ya cerca de la madrugada —y cuando quedaban unos pocos clientes sentados a las mesitas de “La jaula…”—, entró, por la puerta principal, una morena (“¡una morenaza monumental!”, pensaron a coro los músicos del combo mientras acariciaban un tema de jazz, lento, adecuado a la hora y a la situación). Con el mismo vestido de satén rojo y las medias negras caladas que usaban las coristas del “Sugar Cane…”, taconeó sonoramente hasta la mesa donde se hallaba Phil, tiró al piso el cigarrillo que se consumía en su boquilla (larga como la boquilla de la “Satin Doll” de Ellington, volvieron a pensar los músicos del combo), lo apagó con el tacón alto y grueso de su zapato, y le susurró a Phil al oído: “¿bailamos, guapo?”.
 

Epílogo 

Los músicos del combo se miraron y, sin saber por qué, a la cuenta de cuatro de Charlie empezaron a tocar los acordes de “Sally’s Tomato”, de Henry Mancini, con un “latin touch” musical adecuado a la hora —empezaba a amanecer en Las Anguilas— y a una situación que tenía dos posibilidades: o “Rita” era real, o Phil había logrado sumirlos a todos en su fantasía.
 

Douglas Wright



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