sábado, 29 de octubre de 2016

Del anecdotario personal de Phil Martin - 7




Del anecdotario personal de Phil Martin


7. Dancing in the bath


I’m dancing
and singing
in the rain.
La la la laaa
La la
la la la laaa
La la laaa.

(Gene Kelly, cantando bajo la lluvia,
en “Cantando bajo la lluvia”)


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Era un sábado por la tarde y, como todo sábado por la tarde, Phil tomaba su baño. Sin necesidad de revelar detalles íntimos tales como con qué frecuencia realizaba aquella actividad, sólo diremos que había permanecido apegado a ciertos hábitos de su adolescencia: adolecía de hábitos higiénicos.
Phil estaba desnudo, parado en la bañera, debajo del chorro de agua caliente de la ducha. Su mano izquierda aferraba un jabón grande y pesado, de forma cuadrada, que hacía las veces de micrófono. Como aquellos micrófonos que utilizaban los “crooners” de los años ’40 y ’50.
—“Embraaace meee, my sweet embraaacable yoouuu. Embraaace meee...”
Su voz retumbaba en el eco del baño. Las vibraciones de las “m” le cosquilleaban las sienes. Se sentía Gardel. Más precisamente: se sentía Sinatra, que para Phil era el Gardel del mundo.
—“Fly me to the moon, and let me play among the stars. Let me see what love is like on Jupiter and Mars...”
Sílabas cortitas, picadas, llenas de pequeños latigazos con la lengua. Una melodía brillante y alegre. La banda de Basie sonaba en su cabeza. Los dedos largos y oscuros de Fredie Green aplastaban las cuerdas contra el diapasón de la guitarra apoyada en su regazo, generando acordes que no tenían nombre, mientras su mano derecha las chasqueaba con una púa de carey, al unísono con el contrabajo. ¡Qué sección rítmica!
Las cerdas del cepillo para la espalda marcaban un ritmo de escobillas sobre sus muslos mojados. La melodía se hizo lenta e intimista.
—“I’ve got a crush on yoouuuu, sweetiiieeee piiieeee. All the day and nightime, hear meee siiigh...”
—Ese no es el modo correcto de hacerlo —interrumpió una voz al otro lado de la cortina de plástico—. Eso no está del todo bien— agregó.
Phil se quedó duro en medio de la bañera. En una mano: el micrófono-jabón, en la otra: el cepillo-escobilla. La boca abierta a punto de emitir la siguiente frase, “I never had the least notion”, que le tamborileaba en la cabeza al compás de las gotas de lluvia, y que nunca salió de su garganta.
Soltó el micrófono y aferró con fuerza el mango del cepillo como si fuera su raqueta de badmington. “Es un arma igual de poderosa que mi raqueta”, pensó; “ideal para cazar mariposas”, volvió a pensar; pero era lo único que tenía a mano. Descorrió de un tirón la cortina de plástico.
La corriente de aire que generó aquél movimiento brusco lo desdibujó parcialmente. Pero estaba allí, sentado en la tapa de madera del inodoro, un cigarrillo medio caído colgando del labio inferior, el sombrero displicentemente echado hacia atrás dejando ver las entradas en su frente amplia, y la corbata floja debajo del cuello abierto de una camisa blanca. Saco y pantalón, oscuros.
—Respiraste mal —dijo, mirándolo de reojo desde abajo.
“¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Con qué derecho?...” Aquellas fueron las preguntas que Phil calló.
Sabía quién era, por supuesto. Tenía una idea de qué estaba haciendo allí. Y pensó que el hombre estaba en todo su derecho.
—La respiración fue siempre mi problema —dijo Phil en tono de disculpa.
—Además, no puedes cantarle al aire. Debes pensar en alguien y hacer de cuenta que está frente a ti, escuchándote con el corazón. Entonces tu cantarás con el corazón.
Phil pensó en Michelle Pfeiffer de rojo, en Gatúbela de negro, y en Glenda tal como solía recordarla, color piel, las tres sobre un piano negro, lustroso por los vapores del baño. Sabía en quién pensaba el hombre. En una mujer llamada Ava. Un pedazo de mujer.
—Cada palabra que pronuncias tiene un comienzo, un cuerpo ondulante y vibratorio que planea hasta el sonido de la letra final.
Phil sabía que aquél tipo era capaz de pronunciar hasta las letras mudas de una palabra. Incluso alguna brevísima “d” o “t” en el final de una larga frase de Cole Porter, de Irvin Berlin, o de los Gershwin.
—Todo debe sonar —continuó el hombre—, y cada sonido debe tener el mismo sentido que tiene la palabra. Debe ser su significado hecho música.
Phil no decía nada. La mano que aferraba la raqueta para rascarse la espalda (aquella escobilla de la banda de Basie) colgaba laxamente al costado de su cuerpo desnudo. Asentía a todo con leves movimientos de cabeza. Sentía todo lo que el hombre decía.
—No es lo mismo “Mooonnnn riiiveeeer”, que “That’s life” —la voz sonó suave, aterciopelada y ronroneante, la primera vez, y como un látigo cortante, la segunda. El estilo del tipo era relajado hasta en los momentos de máxima tensión.
Arrojó al lavabo el cigarrillo a medio fumar, que se apagó con un casi imperceptible “tsh”. Señaló el jabón que estaba tirado en el piso de la bañera y, con un gesto, le indicó a Phil que lo levantara. Entonces dijo:
—Probemos una a dúo.
Más de un cantante consagrado hubiera dado cualquier cosa por cantar con aquél hombre. Unos pocos lo habían conseguido en “Duets”. Ahora le tocaba a él.
—From the top —dijo el tipo—, da capo—. Hizo chasquear cuatro veces, rítmicamente, los dedos de su mano derecha (aquél sonido se podía escuchar en muchas de sus grabaciones en vivo), y los dos comenzaron al mismo tiempo. Phil no necesitó que el hombre le dijera cual sería la canción. Por algún motivo, lo sabía.
—“All of me. Why not take all of me. Can’t you seee, I’m no gooood without yooouuuu…”
Mientras cantaban un dúo perfecto, que sonaba como si ambos fuesen una sola persona, el tipo se levantó, cruzó lentamente la bruma del baño.
—“I want to loooose theeeem…”
Se metió dentro de la bañera.
—“Take my aaarms…”
Y se fundió con Phil.
—“I’ll never uuuse theeem…”
Phil quedó solo, cantando en medio del vapor, con el micrófono de jabón en una mano, y el cepillo, como una raqueta de badmington, en la otra, haciendo sonar escobillas sobre su muslo mojado.
Aquella tarde, y por una sola vez, Phil Martin fue Frank Sinatra.



Douglas Wright


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